

Es dudoso que el mundo tenga un fin más allá de la vida y del que los seres humanos seamos capaces de dotarle en medio de tanto sin sentido.

Parece mentira que no recuerdes lo que dejó escrito Lope de Vega en su “Arte nuevo de hacer comedias”: “que un arte de comedias os escriba / que al estilo del vulgo se reciba/”. ¿Qué me dices, querido?

Como directora de orquesta, compositora y docente musical, la música no sólo forma parte de mi vida, sino que atraviesa mi piel, cada una de mis células, mis hormonas, mis neuronas, mi sistema circulatorio…

Cuando leemos la obra magna de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, penetramos en un inmenso mundo donde la ficción se transforma en realidad o la misma ficción se introduce en la irrealidad de la historia.

A todo ese torrente de podredumbre, se une el avance de ideologías negativistas, xenófobas o dictatoriales, marcadas por los fundamentalismos políticos, religiosos y económicos, que hunden a esta humanidad en un pozo cada vez más negro.

Por motivos diversos concernientes al ritmo, la forma, lo estilístico y lo emocional de los poemas, podemos afirmar que la poesía es música compuesta con palabras.

Existen libros que sencillamente gustan y otros que, además, traspasan la piel cuando se leen. Al final del paisaje, de la poeta madrileña Alicia Aza, es uno de ellos.

En unos versos del poema «Entre irse y quedarse», de Octavio Paz, sobre la contemplación del instante cotidiano se dice: «Todo es visible y todo es elusivo,/todo está cerca y todo es intocable».

El libro se abre con un epígrafe de la escritora Andrea Fontan: “Y ahora/encuentro ese silencio/adherido a las paredes de la habitación” El silencio y la soledad serán protagonistas de este poemario.

Con esta historia podemos saber que se nos está hablando de los tiempos que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, cuando en España imperaba el NO-DO.