

Me sentí extraña encadenada a mi ansia de palabras y vida,
Buscando señales que me mostraran la luz interior que en mi ser
alumbra la voluntad que me hace sentir yo misma,
me sentí extraña creciéndome en silencio y ternura, en caminos

La poesía de Julia Uceda, que ya obtuvo un primer reconocimiento con el accésit al Adonáis en 1961 con el poemario Extraña juventud, tiene una trayectoria que se inicia con una exaltación de la obra de Antonio Machado, en cuyos homenajes participa con vigor.

Al menos desde 1967, cuando publica en Ínsula uno de sus artículos más polémicos, “La traición de los poetas sociales”[3], donde analiza y critica la antología Poesía social, “la primera antología del tema hecha en España con interés y afán de objetividad” por el poeta y crítico Leopoldo de Luis, la autora se rebela frente a esta tendencia: “la poesía social ya no está de moda: la antología de Leopoldo de Luis ha sido su definitivo monumento”[4], lo que equivale a decir “muerte”.

Voy a centrarme en un poema que me parece de los más intensos y sobrecogedores de los suyos. Tiene, por una parte, características distintivas y, por otra, muestra bien ese carácter de “cosmovisión“, de totalidad. El poema “Palabras para cantar alrededor de un templo vacío“ pertenece al poemario Zona desconocida[1]. El título se inspira en el poema de Thomas Merton “Chant to be used in procession around a site with furnaces“[2].

La poesía de Julia Uceda Valiente (1925-2024) es tan extraña y original como que se instala en nuestro presente al margen de sus estéticas imperantes, con estilo tan indefinible que algunos, ensayando voces, la llaman “compacta” y “coral”. Podría decirse que es “valientemente ucedista” y su materia significativa un casi idiolecto, un mundo de palabras y símbolos que su talento o ingenio inconformista fabricó a medida de su intensa y rebelde subjetividad, de su individualismo a ultranza, pero con el equipaje bien nutrido de lecturas clásicas y una clara intención comunicativa que se dibuja y figura sobre un fondo misterioso y a veces hermético…

El poema A Edith Piaf forma parte del poemario Sin mucha esperanza, un conjunto de poemas en los que se percibe el dolor del mundo, publicado en Madrid en 1966. Como escritora que ha vivido el sufrimiento del exilio en su propia piel, empatiza con el dolor ajeno,el poemario está impregnado de una mirada ética, humanista y existencialista en la que el tiempo y la muerte recorren su sentimiento. En Elegía sobre el tiempo, IV nos dice: “la muerte, en la verde cornisa del templo, sonríe,/ y sus palmas imitan el gesto de aplauso del hombre en la calle”.

El mito de Antígona ha sido elegido por numerosos autores para su análisis o como fuente de inspiración, pero no cabe duda de la destacada significación que tuvo en la producción de María Zambrano y de su influencia en Uceda probablemente y, también, por la lectura que del mito hiciera el poeta Ángel Valente, influenciado también por la filósofa veleña.

Concluyo este análisis diciendo que la obra literaria de Julia Uceda se ha abierto paso por sí misma, ha sido publicada y tenida en cuenta por su calidad y proyección social, conquistando el interés y la permanencia en el tiempo. Ella, Doctora por la Universidad de Sevilla, Catedrática con años de experiencia como profesora universitaria, poeta y sencillamente humana, nos ilumina el camino con su poesía. Luz: tan solo en ella creo.

Julia Uceda fue una mujer audaz que en los tiempos oscuros se atrevió a nadar a contracorriente, aunque dentro de una biografía discreta y silenciosa. Una vida que ahora contemplada en la distancia sorprende por la cantidad de giros y de valentías. Nació en Sevilla, impartió clases de literatura en Estados Unidos y en Irlanda y finalmente se estableció en Galicia, en El Ferrol, donde tuvo su casa, su memoria, su patria.

«No hay que ser obediente; yo no lo fui nunca».