«Hacer es vivir más, o haber vivido,
O ir a vivir. Quien muere vive, y dura.»
Aleixandre hizo de la poesía religión, pero religión terrenal “estamundana”, no ultramundana[1]. “… Aquí a mis pies lianas / bullen, y sienten que tierra es todo, y nada / es diferente. El cielo no es distinto. El ave es tierra y vuela” (EL SOLDADO[2]). Demostró así que es posible andar y estar sublime, incluso extasiado, sin hacerse ilusiones. Sorprende gratamente que en su vejez alcanzara sobresalientes cotas de originalidad y madurez, y que fuesen congruentes con su lirismo anterior como recreación metafísica, pero no insensible o solamente pensada, sino todo lo contrario: una visión de la dramática condición humana inmersa en el misterio del mundo, como la de aquel que es capaz de sondear lo numinoso y conocer e intentar comprender el sentirse vivo[3] sin hacerse ilusiones trans- o ultramundanas. “La dignidad del hombre está en su muerte”, sentencia en EL LÍMITE, desde la sima-cima de su vejez. Es posible volver a ser joven desde la vejez, en esa afinidad se entienden el nieto y el abuelo y, a veces, también el maestro y el discípulo.
En este artículo nos centramos en los dos últimos poemarios que publicó en vida: Poemas de la consumación (1968) y Diálogos del conocimiento (1974)[4]. Del primero de estos libros escribe el poeta a modo de prólogo que “intenta cantar con grave voz y ademán consecuente la situación del viejo que vive la plena conciencia de la juventud como el equivalente de la única vida. Lo demás es sombra, olvido”. Lo trata de “libro trágico”, más que elegíaco, que pone en valor la consumación como sombría iluminación. “…Oh, si vivir es consumirse, ¡muere!”. “No es tu final como una copa vana / que hay que apurar. Arroja el casco, y muere” (EL OLVIDO). “La vejez es cruda y verde para un dios” (Eneida, 304).
Aleixandre sigue ahora empleando elementos irracionales pero sin suponer con ello un retorno a su etapa superrealista[5]. Se explica así: “Traté, pues, de irracionalizar el elemento expresivo ‘desde’ la experiencia del realismo”. Para Aleixandre, que escribe casi todos estos poemas –menos uno que procede de 1958– cumplidos los sesenta y siete años, “la decadencia añade verdad, que no halaga”. Se muestra durísimo y franco en ROSTRO FINAL cuando refiere a la desnudez impúdica, a la indignidad de la vejez, a “la gota turbia que hace el ojo, y el hueco o sima donde estuvo la boca y falta”[6]… “Y allí entre hierros vemos la mentira final. La ya no vida”. Así de rotundo acaba en este tremendo poema mostrando su capacidad para embellecer y musicalizar lo que en realidad es feo y triste: la vejez, “puerto de todos los males”, como dijo Séneca… “Pero la carne es sueño / si se la mira, pesadilla si se la siente. / Visión si se la huye. / Piedra si se la sueña. // Calla junto a la roca, y duerme” (PERMANENCIA).
Tampoco nos salva la palabra. De poco sirve idolatrar el lenguaje, aunque sea, como el del poeta, justo, cuidadísimo, muy medido y meditado: “No importan los emblemas / ni las vanas palabras que son un soplo sólo”, “Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan”. Más importa el eco del amor perdido…Y aunque dormir nos libra del dolor, tampoco dormir es vivir. “Las palabras mueren / bellas son al sonar, mas nunca duran”. Para el poeta, “conocer no es lo mismo que saber”, porque “saber es alentar con los ojos abiertos. / ¿Dudar…? Quien duda existe. Sólo morir es ciencia”, escribe en SIN FE[7]. Y en EL COMETA concluye: “Así niños y hombres / pasan. El hombre duda. / El viejo sabe. Sólo el niño conoce. / Todos miran correr la cola vívida”. En pocas palabras “Amar es conocer”, porque “todo el calor del mundo ardió en el labio” y “por un beso viviste, mas [sic] de un cosmos”.
Hasta el final la estética aleixandrina es materialista, de un pesimismo cósmico (tan diversa del optimismo de Jorge Guillén), de un panteísmo tan místico como dramático. Aleixandre asume la mortalidad del individuo como fusión en la naturaleza, con el planeta como cuerpo gozoso. Asume la vejez: “Ayer vivió, mañana ya ha pasado”, dice EL VIEJO[8] en su Soledad[9], “diosa sin brazos”, “Qué soledad de lumbres apagadas”. Lo intolerable de la verdad es que en la mente de un dios un hombre vive, pero pronto es olvido –según canta LA VIEJA.
“En esta herida está el vivir…”. Advine al mundo –dice EL NIÑO–…, como sombra que atraca en la noche, “…sombra polvorosa, humo estallado, humo que resultas / como una idea muerta tras su nada”… “Pasé como una piedra y fui a la mar”, trina al alba con plumaje de ALONDRA. Sombras somos sólo, fantasmas, pero “un fantasma no muere mientras ama”. “Yo nací para el mundo. Para amar… Me despeño, pues amo”. Es el amor para Aleixandre escala imprescindible, muleta de tránsito y labor, luz de vida, pero también de destrucción, pues en el amor nos consumimos, nos consumamos. La vida es hermosa sólo porque se ofrece como amor, pronunciándose como un desear inminente. Lo dice EL TORO; “Cuán hermosa es la vida, su materia tan bella, / corporal, revelada bajo un sol / y retándome. / Invitando. Y se ofrece, como amor, pronunciándome…”. El poeta celebra el amor como fuerza natural ingobernable, que destruye todas las limitaciones del ser humano, y critica los convencionalismos con que la sociedad intenta apresarlo. “Porque nunca nació quien no amó, / ni dio luz en su vida”[10]. “El amador —dice Vicente Aleixandre— lleva una carga de maravillosa inocencia por estar próximo a esa unidad perpetuamente renovada que es el secreto del mundo. Y en el fasto de las plumas del ave del paraíso, como en la fuerza preciosa del tigre despoblador estamos viendo algo de lo que gemirá después dulcemente en la pupila intacta de la enamorada”. La aparición del amor es solo un préstamo de esa vida suprema, de esa maravilla, sólo una fianza pues no implica un horizonte de esperanza. En cambio el corazón juvenil lleva la esperanza consigo, por eso aunque pierda un amor existe en él una reserva de existencia futura.
Con su careta de LAZARILLO el poeta duda: “Sólo quien duda existe”, “Oh, realidad, porque dudo en ti crezco”. “La duda / despierta en mi corazón cuando despierto / y amo. Amo porque no sé”, a lo que el mendigo contesta que porque sabe, duerme. Paradojas, contradicciones, adversativas, antinomias, exasperaciones educadas, patricias, disyunciones que conjuntan como el amor o la destrucción…, se conjugan en un juego conceptista y enigmático: “en mi limitación me siento libre”, “Y si ascendió al abismo, se despeñó a los cielos”. Luis Cernuda dijo de los versos de su amigo Aleixandre que no se parecen a nada. Palabra poética original, forjada en un estilo único e inimitable, verso insólito, firme y noble[11]. Dilata el verso libre, ese original versículo estudiado por Bousoño en la más importante monografía dedicada a nuestro poeta[12].
Usa el poeta sevillano criado en Málaga un complejo y aparente sobrio estilo que opone conceptos como mirar / ver, conocer / saber, y usa los tiempos verbales y la metáfora negativa para crear distanciamiento: «Nació, y no supo. / Respondió, y no ha hablado». Los Poemas de la consumación son intensos, en su mayoría breves, elementales en sus imágenes (piedra, océano, viento, fuego…), abordan en términos a veces gnómicos lo incognoscible, principalmente las paradojas de la memoria: la ausencia simultánea y la presencia del amor recordado y del amante que ya no vive. La voz en estos poemas anticipa su propia voz póstuma, y habla a veces como si (y ahora ya, de hecho) lo hiciera desde la tumba.
«Sólo desde la visión del muerto puede recordarse el mundo verdadero», escribe Félix de Azúa. El punto de vista del viejo y del muerto es fuente de juventud y de vida significativa.
Para conocer otra cosa prestándole todo el cuidado de la atención hay que dejar de ser uno mismo para hacerse lo atendido, ¡enorme esfuerzo para Narciso! Hay que matar el yo o dejarlo morir eventualmente. Por eso «el gran artista es un muerto y posee el punto de vista de la eternidad». «El Arte es una recuperación de la Infancia, es decir de la Religión, pero tras la iniciación a la muerte» (Félix de Azúa[13]).
En Poemas de la consumación (1965-1966), Aleixandre se asoma ya a la ventana de la muerte naciente. Alba de sombra es la muerte para el viejo, un saber ver ya sin palabras. Su ceguera es la de la docta ignorancia, cuando el sentir se impone a la palabra. Ha viajado desde el asombro a la aceptación de la realidad, ha comprobado nuestras limitaciones, pero también nuestro vínculo misterioso con el viento, el bosque, la piedra, la tierra y el cosmos.
Tras los Poemas de la Consumación, Aleixandre comenzó los Diálogos del Conocimiento sin solución de continuidad, contiene conversaciones entabladas entre personajes simbólicos sumamente abstractos. En Diálogos del conocimiento dos firmas de vida se enfrentan a cada paso para integrarse en una visión nueva. Aleixandre contempla la realidad “demasiado rica” desde una perspectiva estrictamente personal y dramática. Los personajes representan –según nos dice el premio Nobel- perspectivas u órganos de conocimiento a cuyo través se pudiera ofrecer la multiplicidad como tal del universo. También el autor reconoce que la mayoría de los diálogos son monólogos entrecruzados, con el propósito de que el diálogo se verifique en el seno del lector, de que sus respuestas concorden o se cumplan como tales en el espíritu de quien las escucha.
Poemas de la consumación son piezas breves y líricas; largas y dramáticas, las de Diálogos del Conocimiento. Ambas obras se caracterizan por sus contradicciones lógicas y por el clima de última madurez de la vida, de una poesía “que aspira a cumplir –intentar cumplir– un ciclo vital”[14]. A estos dos títulos canónicos, esto es, de los publicados en vida por el propio poeta, podría añadirse un tercero: En gran noche, de aparición póstuma en 1991, que recoge poemas no incluidos en los dos libros anteriores, pero en su misma línea metafísica y reflexiva.
Diálogos del conocimiento se estructura como un poema unitario dividido en siete partes con una cuidadosa distribución. Cada poema es un diálogo y en algunos como «El Lazarillo y el Mendigo», «Diálogo de los enajenados» y «Yolas el navegante y Pedro el peregrino», el contraste parece imponerse sin solución[15]. En cualquier caso, unos y otros no son más que fragmentos de un único diálogo: el del poeta con la realidad. La quinta parte («Dos vidas»), reducida a un único diálogo, se destaca dentro del conjunto. En efecto, este diálogo entre «el joven poeta primero» y «el joven poeta segundo», claros desdoblamientos del mismo, presenta un evidente fondo poético, en el que, al final, todo se resuelve en unidad. El método hegeliano, tesis (juventud), antítesis (vejez), síntesis (juventud desde la vejez), parece ser aquí el seguido por Aleixandre. Al final desaparecen las diferencias en la muerte que da paso a una nueva vida. En «Misterio de la muerte del toro», mientras el público cruje y grita, en el centro del ruedo quedan el toro y el torero en soledad sonora. Y en «La sombra» las diferencias entre el niño y el padre desaparecen en la madre tierra que los ha engendrado. Prodigan estos Diálogos la simetría intertextual, la elisión sentenciosa, el símbolo como fundamento. Todos los personajes son lo que son y algo más, todos ellos son el poeta y lo multiplican, hacen de su voz un coro. La poesía, al reunir lo aparentemente contrario, restaura la unidad primordial. El hombre y el cosmos, el amor y la muerte, el contraste como superación de la distancia.
El particular lenguaje de Aleixandre procura mostrar, subrayando el cuerpo del amor, orden formal y violencia interna, lo que Cernuda ha llamado pasión, esto es, “sensibilidad espiritualizada”. Esto, y no otra cosa, fue su descubrimiento más revolucionario. Y sólo así es posible ver que su poesía progresa por intensidad a partir de un centro: el amor por la vida. Al llegar la vejez, la vida se ve como un todo único. El mundo vuelve a ser visto por primera vez y en una nueva visión, como sólo los niños y los jóvenes son capaces de tenerla. «Se necesita mucho tiempo para hacerse joven», dijo Picasso. Hermoso es ser joven, pero más todavía sentirse joven. Escuchar el rumor de la vida, no apagar la adolescencia. Si Poemas de la consumación integra vivir (conocer) y morir (saber), Diálogos del conocimiento prolonga esta unidad, poética y filosóficamente. Por ser la muerte reconocimiento de la vida, la vejez envuelve la juventud, le da sentido[16].
Aunque algunos consideran Diálogos del conocimiento obra cumbre de su arte poético, un espléndido fruto de la vejez, lo cierto es que no ha suscitado especial atención por parte de la crítica, aunque destaca por su originalidad ya desde el título. El diálogo o la dialéctica están en el origen mismo de las reflexiones sobre la posibilidad del saber en la historia del pensamiento occidental, desde Platón. El enlace entre filosofía y poesía fue y sigue siendo crucial, aun sin tener en cuenta la razón poética zambraniana. Escasa atención se ha prestado a esta unidad, tan buscada por filosofía y poesía. Y si en un momento de la cultura occidental trató de alcanzarla la dialéctica socrática, ha sido la poesía la que más la ha buscado[17].
Aleixandre se abre a la interacción dinámica de máscaras y voces diversas, que se yuxtaponen y ponen de manifiesto la incomunicación subyacente. En versos estremecedores que plantean interrogantes sobre el amor, la guerra, la belleza y una larga experiencia de la vida, asoma constantemente la conciencia meta-poética, es decir la preocupación por conseguir un estilo que se acerque a la partitura musical, tal vez concebida como legado último para que otros la acojan e, interpretándola, la perfeccionen.
“Conocer, penetrar, indagar: una pasión que dura lo que la vida”, escribió en Historia del corazón. Y esa búsqueda explica el repliegue meditativo de Poemas de la consumación y Diálogos del conocimiento, que con su densidad metafísica alimentan el asombroso fulgor último del ciclo de senectud de Aleixandre, uno de los momentos más altos e intensos de su obra y de su viaje hacia la luz. Lo suyo podemos considerarlo sin escándalo como un narcisismo piadoso, muy contenidamente desesperado, pues asimila la durabilidad, pero no puede eliminar la llaga. La distinción entre metafísica y poesía parece demasiado convencional, si acaso el poeta está más obligado a la esencialidad y se beneficia de los efectos secretos de la expresión profunda y culta, otras veces de la inevitable ambigüedad de las palabras, de la sensualidad del puro significante[18].
Hombre de paz, caballero amable, amenazado por tirios y troyanos durante la guerra incivil, no abandonó la península y su obra fue censurada durante un lustro; embajador del exilio exterior e interior, Vicente Aleixandre no fue ajeno a nada de la España peregrina ni a nada de la España amurallada. Un gran número de autores que escribían “poesía social”, a principios de los 60 cultivaron una poesía más íntima que llamaron “poesía del conocimiento”. Estos escritores mantuvieron una estrecha relación con Vicente Aleixandre, emplazados por su presencia augural en su casa de Velintonia: Jaime Gil de Biedma, Gabriel Celaya, Blas de Otero, José Hierro, Ángel González, José Agustín Goytisolo, Claudio Rodríguez, Francisco Brines…Francisco Nieva también fue discípulo de Aleixandre. No recordaremos aquí la conocida amistad de Aleixandre con Federico García Lorca y con Miguel Hernández[19]. Quienes le conocieron admiten que vieron en él unos ojos que sin tiempo ahondaban la luz a pesar de ser mortales. Siempre enaltecía a sus amigos desde la altitud de su nombrar, también en su ausencia, cualidad del poeta que no era sino la confirmación de la comunicativa solidaridad[20]que respira su obra y de ese fluido amoroso que la irriga en comunión melódica.
“Aleixandre –afirma Carlos Bousoño– es uno de los artistas españoles que ha lanzado una mirada más vasta y coherente sobre el universo, entregándonos una concepción tan trabada de él que los lectores menos preparados suelen percibirla enseguida”. Se trata de una cosmovisión poética o, si se prefiere, se trata de una metafísica sinfónica, construida durante toda una vida y después de ella, con los acordes de un sentirse cabal en un mundo besado y vívido.
JOVEN POETA SEGUNDO
El día amanece. ¡Cuánto anduve, y creo!
Creer, vivir. El sol cruje hoy visible.
Ah, mis sentidos. Corresponden ciertos
con tu verdad, mundo besado y vívido.
Sobre esta porción vivo. Aquí tentable,
esta porción del mundo me aposenta.
Y yo la toco. Y su certeza avanza.
En mi limitación me siento libre[21].
[1] Arthur Lovejoy ha estudiado esta posición metafísica o idea de estamundaneidad por oposición a la idea de ultramundaneidad en La gran cadena del ser, Barcelona 1983.
[2] En Diálogos del Conocimiento (DDdC). Recojo los títulos y personajes en mayúsculas. Creo que Aleixandre hubiera suscrito también sobre el Paraíso lo que Cioran: “El Paraíso era el lugar donde todo se sabía, pero nada se explicaba. El universo anterior al pecado, anterior al comentario”.
[3] Aleixandre opone el pensar al sentir, “el sentimiento es luz”, mientras “la oscuridad puede pensar, y habita / un cosmos como un cráneo”. Hubiera suscrito la afirmación de Fernando Pessoa (diez años mayor): “Sentir es pensar sin ideas, y por eso sentir es comprender”.
[4] Para ambas obras hemos usado el segundo volumen de las Obras completas de Vicente Aleixandre editadas por Aguilar en 1978.
[5] Aleixandre cultivó lo que llamó “superrealismo” (no surrealismo) después de la publicación de Ámbito (1928): Imaginería onírica en versículos sin rima. Imágenes visionarias. Estética irracionalista, escritura semiautomática… Nunca se entregó a los excesos del automatismo vanguardista francés, siempre estuvo presente en él, en Pasión de la tierra verbigracia, la conciencia artística. Aleixandre leyó con provecho la obra de Freud, quien “sajó honduras de la psique”. Al tanto de las inmersiones bretonianas en lo surreal, puede que fuese el andaluz quien supo sacarle a esa vanguardia su mejor ganancia poética.
[6] En su Discurso de Inauguracion del Curso 2014-2015 en el Paraninfo de la universidad granadina, Antonio Carvajal, a quien Aleixandre dedicó uno de los poemas de Diálogos del conocimiento (con Carlos Villarreal), refiere al herpes que casi cegó al poeta y le atormentó hasta el último día, así como a otras decadencias físicas que privaron a Aleixandre de su “alta gallardía”. Cuenta Carvajal lo siguiente: “Le enseñé mi poema ‘Máscara impune’, me dijo ‘Eso es mío’. Le respondí que ya era de todos, que había publicado el poema y se me había incorporado esa expresión como un hecho de lengua y lo usaba como tantas citas de Garcilaso y Fray Luis de León. Me tomó las manos, me pidió que me acercara y me besó la frente. Sentí que me derretía, fue como un sacramento. Era todo un señor, y cómo trasminaba respeto y libertad. Lo añoro con la alegría de haber sido amigo suyo”.
[7] Y EL DIRECTOR DE ESCENA afirma: “La ciencia es un dominio donde el hombre se pierde”.
[8] Citamos directamente las palabras y nombres de las máscaras que usa el poeta en sus Diálogos del conocimiento, parafraseamos sin citar rigurosamente y evitamos al lector la referencia a sus páginas.
[9] “La soledad del hombre no es su beso. / Quien vive amó, quien sabe ya ha vivido.”. En el mismo poema de “Los amantes viejos” añade Aleixandre contradictoriamente: “La soledad del hombre está en los besos”, porque acaba, “Soy quien duda”.
[10] Javier Lostalé ha analizado la poesía de plenitud gozosa de Guillén y el amor más escéptico y doloroso de la poesía de Aleixandre.
[11]Cfr. «Volver a Vicente Aleixandre», Francisco Javier Díéz de Revenga. ABC Cultural, 24 nov. 2001.
[12]Carlos Bousoño: La poesía de Vicente Aleixandre. Prólogo de Dámaso Alonso. Ediciones Ínsula, Madrid, 1950. 284 páginas y 4 láminas. Hay recensión de esta obra escrita por Ricardo Gullón, en La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Bousoño determina con pasión la obra de su amigo y maestro como “poesía imprecatoria contra los hombres que han destruido la libertad de la Naturaleza para reducirla a burdas mixtificaciones”. Se cuenta que las últimas palabras del poeta fueron para Bousoño: Sus últimas palabras antes de perder definitivamente el conocimiento fueron para su gran amigo Carlos Bousoño. Apretó su mano y le dijo: «Carlos, la vida es un dolor».
[13] En Historia de un idiota contada por él mismo (1986).
[14] En Prólogos a textos propios. Vicente Aleixandre, OO.CC. II, págs. 557ss.
[15]La figura de Yolas representa la búsqueda del conocimiento y la reflexión filosófica, utilizando la metáfora del navegante para simbolizar el viaje del saber. Pedro el Peregrino representa la figura del buscador incansable, alguien que está en un viaje constante en busca de sabiduría y entendimiento.
[16] Cfr. Armando López Castro, «Vicente Aleixandre en su creciente evolución», Los Cuadernos de Literatura. PDF en Centro Virtual Cervantes.
[17] Cfr. Pere Gimferrer. “Itinerario de Vicente Aleixandre”, en Radicalidades, Antonio Bosch editor, Barcelona 1978, p. 124.
[18] Eduardo Tijeras «Adolescencia y senectud en ALEIXANDRE», Cuadernos Hispanoamericanos, pp. 352-354. Sobre la metafísica de DDdC de Aleixandre puede verse también en la Red “Escala y geometría del dinamismo metafísico en ‘Diálogos del conocimiento’ de Vicente Aleixandre”, del profesor Jacques Comincioli.
[19] Aleixandre amó a mujeres y a varones. Se cuenta que secreta y discretamente a Miguel Hernández, del que se cuidó lo que pudo. Tras su muerte, siguió ayudando y carteándose con su viuda, Josefina Manresa, hasta 1984. A Lorca no le cayó bien Hernández (¿celos?). Según el poeta Luis Antonio de Villena, Lorca utilizaba la palabra «epentismo» para referirse en clave a la homosexualidad y «epente» para los homosexuales y Aleixandre conocía y usaba este lenguaje.
[20] Sebastián Gámez Millán escribe sobre “la comunicación solidaria” de Aleixandre en “Vicente Aleixandre y la comunicación solidaria. El verdadero compromiso”, SUR, Revista de literatura n° 11, 2017.
[21] En el poema V. DOS VIDAS, de Diálogos del conocimiento.



















