«No hay que ser obediente; yo no lo fui nunca». Esa fue una de las afirmaciones que, como quien muestra un estandarte propio, manifestó Julia Uceda en la entrevista que la periodista Isabel Vargas le hizo el 12 de diciembre de 2019 en el diario Granada Hoy. Una afirmación que da muestra de la consistente personalidad de la poeta sevillana capaz de erigirse en sí misma con independencia del contexto en el que se encontrara. La no obediencia de Uceda no tenía nada que ver con una actitud antisistema, cuya raíz se encuentra en la manipulación que desde determinados sectores ideológicos extremistas se llevan a cabo hacia masas de gente desinformadas. Es más bien todo lo contrario, porque en el caso de ella, como veremos, su posicionamiento se fundamenta en planteamientos críticos con los que se cuestionaba todo, desde el contexto político y social en el que se hallaba durante las décadas de los cincuenta y sesenta del pasado siglo hasta la misma esencia del ser humano, sus raíces ancestrales y su identidad personal.
Ese rasgo es precisamente lo que la condujo hacia un exilio voluntario a Estados Unidos en 1966 cuando en nuestro país el tufo represivo de la dictadura y los valores del nacionalcatolicismo lo inundaba todo, desde los ámbitos públicos hasta los privados, con la consabida censura, la falta de libertades y el papel sumiso y secundario de la mujer en la sociedad de entonces.
Nacida en 1925 en Sevilla, Julia Uceda se licenció en Filosofía y Letras en 1960 por la universidad de esta ciudad, obteniendo el doctorado tres años más tarde con la tesis José Luis Hidalgo: su vida y su obra. Entre 1960 y 1964 dio clases como profesora no numeraria en dicha institución. Sin embargo, consciente de que en aquella época el hecho de ser mujer suponía un obstáculo para estabilizarse en el ámbito universitario, preparó oposiciones para enseñanza media y consiguió su plaza como catedrática de Literatura en 1966 con destino en un instituto de Cádiz.
Como apunta María Teresa Navarrete Navarrete, doctora en Estudios Hispánicos por la Universidad de Cádiz y una de las estudiosas que ha profundizado en la poesía de Julia Uceda:
Había en ella una inquietud más honda que se intuía posible fuera de las fronteras españolas. El peso de las estructuras ideológicas y sociales del franquismo, el lento relevo generacional del sistema universitario y la consagrada estética realista en la poesía de los años cincuenta planteaban un itinerario irrevocable de acceso difícil y poco atrayente para la escritora.[1]
Esa inquietud es la que la llevó a instalarse en tierras extrañas en la que encontró otras formas, otras miradas, y una amplitud en el hacer y en el pensar que aquí estaba cercenada. Por ello, cuando en la entrevista mencionada anteriormente la periodista Isabel Vargas alude a la transformación de su poesía tras su estancia en Estados Unidos, ella no duda en contestar: «Es posible. Todo nos cambia. Los viajes que hacemos, la gente que conocemos. Todo eso nos modifica, nos cambia, nos enseña. Vemos otras costumbres, otras maneras de pensar. A mí me ha gustado siempre leer lo que la gente quizá no lea mucho o no le interese. A mí me interesa todo lo que me interese.»[2]
La trayectoria de Julia Uceda como poeta arranca públicamente hacia la mitad del siglo XX, época en la que participó en actividades literarias en la capital hispalense junto a una agrupación de jóvenes poetas sevillanos que fue denominada de forma imprecisa por María de los Reyes Fuentes, una de sus integrantes, como la «Generación del cincuenta y tantos», si bien respecto a la autoría exacta de esta denominación existen ciertas discrepancias. Esta misma poeta coordinó y prologó la antología «Poetas jóvenes sevillanos» que fue incluida en 1956 en la revista venezolana Lírica Hispana, en la que aparecen las primeras publicaciones de poemas de Uceda.[3] Encuentros literarios, charlas, recitales poéticos y ediciones periódicas de revistas se llevaron a cabo por esa agrupación de poetas entre los que se encontraban Manuel García-Viñó, Aquilino Duque o Manuel Mantero, entre otros, y a la que pertenecía Julia Uceda. En aquellas revistas, como Cuaderno Literario de la Universidad Hispalense o Guadalquivir, fueron saliendo a la luz sus poemas.
En esos años, concretamente en 1959, publicó de forma individual su primer poemario, Mariposa en cenizas. Libro que entronca con la tradición literaria fundamentalmente por la utilización de una métrica clásica, sobre todo endecasílabos y alejandrinos. Uno de sus temas principales es el amor. Sin embargo, ya encontramos en estos versos una búsqueda del yo poético a través del deslinde entre los otros y su propia identidad, al mismo tiempo que expresa una angustia existencial.
Versos de tema amoroso los encontramos en poemas de este libro como «El encuentro»: «Me vibraste como una campanada/que me inundó, que resonó en lo íntimo, /en los recodos últimos de mis cuevas salvajes/y me envolvió en una inmensa ola/que me dejó en tus brazos, por primera vez viva.»
Otros temas son traídos en otros versos de Mariposa en cenizas, como el transcurso del tiempo y el enigma después de la vida: «Sin embargo, yo pienso en la noche,/en los vagos caminos de la noche/por los que iré perdiéndome, borrándome./Y quedará a mi espalda… nada./Un silencio. Un vacío. Un mundo no creado.» (poema «El regreso»). O sobre la muerte: «Hoy te escribo, Señor, y te pregunto/por la escondida luna de mi muerte;/por sus manos de hielos afilados/como agujas que cosen telarañas;/por esa muerte mía, sólo mía,/que aún no está madura por tus campos» (poema «Mariposa en cenizas»).
Uno de los temas destacados de la obra de Uceda es el de la identidad personal. Ya en este primer libro es expresado por su autora desde la perspectiva de ese sentirse distinta a los demás, y esto le conduce a un sentimiento de extrañeza: «Siempre fui una extraña./A veces me creía de la mano de todos,/entre luces y sombras,/mi voz entre las voces./Una amistad de corazón de pájaro/empapaba mis manos» (poema «Extraña»).
Cada ser humano es único dentro de la colectividad a la que pertenece, pero la conciencia plena de ello es expresada por Uceda en sus versos sabiéndose a sí misma como una persona que no acepta ni asume todo lo establecido porque lo pone en cuestionamiento, tanto las normas escritas como las no escritas, incluidos los convencionalismos sociales. Esto se verá reflejado en libros posteriores. Así, en Sin mucha esperanza, su tercer poemario, dice: «Había estado todo el día/entre ellos, intentando/hacerme oír,/procurando decirles/lo que me habían encargado./Pero el recado que me dieron/no era preciso. El humo,/la música, el ruido de las risas/y de los besos —estallaban/como las rosas en el aire—,/eran más fuertes que mi voz…» (poema «La extraña»).
En 1962, siendo profesora universitaria, vio la luz su segundo libro, Extraña juventud, cuyos poemas arrancan de sus últimos años como estudiante y enlazan con la primera etapa como docente. Por aquel entonces desarrolla su actividad como crítica literaria de libros de poesía escritos por mujeres a través de revistas especializadas, de las que destaca Cuadernos de Ágora. Este libro obtuvo uno de los accésits del premio de poesía Adonais.
Extraña juventud supone una reacción de la autora a través del lenguaje poético frente el contexto represivo del régimen franquista. Ante el silencio impuesto por la dictadura, ella se revela aludiendo al acoso de la represión y trasluciendo en sus versos un ansia por romper el cerco de imposible libertad de expresión, al tiempo que se percibe un deseo de huida: «Manos, índices, puños, golpes, pasos, palabras/—dónde una rosa para asir la vida—» (del poema «El acusado»), o del mismo poema versos como «Le señalan los dientes, le señalan la lengua,/con ira le señalan los asaltados miembros,/arrancan mariposas del terror de su vientre,/escupen en la histórica contextura del labio/y le indican su sitio: una soga pendiente.»; y del poema «Diáspora»: «encadenada a un ansia de palabras prohibidas,/de palabras que esperan la señal para el grito/que devuelva los cuerpos a sus almas errantes./Es como si entre todos estuvieran ocultas/y viviéramos una consigna de silencio,» o «No sé si son palabras o sueños lo que llevo,/ni quién es ese pájaro que oscuramente huye/cuando amanece. Ni qué recuerdo,/ni qué es lo que todos me dicen que recuerde.»
Uceda da cuenta en este libro de las limitaciones que la dictadura imponía, pero ella lo hace sin detrimento de la calidad literaria y sin perder el pulso lírico; más bien todo lo contrario, sumergida a la vez en su propia búsqueda personal y sin participar de la poesía social de la posguerra ni de la instrumentalización de esta con fines de denuncia sociopolítica en el sentido concebido por poetas como Celaya de poesía utilitaria, comprometida, absolutamente sencilla y clara o «poesía-herramienta», como él la denominó. «La poesía no es un fin en sí. La poesía es un instrumento entre otros para transformar el mundo», manifestó el poeta guipuzcoano.
Esa falta de libertad, ese sentirse constreñida por las férreas directrices de un régimen autárquico y por un convencionalismo social que chocaba con su sentido crítico, limitaban su identidad. La búsqueda de sí misma la llevaba hacia un terreno de dudas y un intento de comprender y comprenderse: «No me conozco en mí, ni me conozco/cuando me llaman: Julia./Julia… ¿Quién eres? Dónde/estás, por qué túnel/has huido. Por dónde/muelen tus pasos la desierta sombra» (poema «El secreto»); «Julia Uceda, qué has hecho de tu sombra./Mujer sin huella, cuerpo/sin apellido,/denominas al humo, a las lluvias y al viento./A todo lo que pase y se borre y se pierda» (poema «La trampa»).
Concluye esta primera etapa previa a su salida fuera de España con el poemario Sin mucha esperanza, fechado en 1966.Un libro que contiene similitudes temáticas con el anterior en lo referente al compromiso social expresado por Uceda frente al régimen franquista («Tú, que cortaste la leña del bosque/con el hacha indignada del justo;/tú, que trajiste la llama y el aire y los lienzos;/tú, que pusiste la firma y el sello de sangre en un lado/del papel y decías salvar a las vírgenes,», del poema «Elegía sobre el tiempo, III»), pero que también incluye otros temas como el paso del tiempo y la búsqueda de su identidad. Su percepción de no encajar en aquel contexto de entonces ni con los convencionalismos sociales vuelve a repetirse en poemas como «La extraña».
Una segunda etapa se abre en la trayectoria literaria (paralela a la personal) de Julia Uceda a partir de septiembre de 1966 cuando se traslada a Estados Unidos en donde impartirá clases en la Michigan State University hasta 1970. Durante los primeros meses de su estancia en el país americano escribió Poemas de Cherry Lane, que fue publicado en 1968.
Este periodo supuso una experiencia vital para la poeta llena de asombro, de aires nuevos, de libertad, de posibilidades como mujer en su función de docente universitaria. Pero al mismo tiempo la búsqueda y la indagación personal, ya presentes de alguna manera en los poemarios anteriores, se hacen visibles en sus versos. En Poemas de Cherry Lane Uceda realiza planteamientos sobre la cuestión de la identidad, y en concreto de la identidad de la persona que se encuentra viviendo fuera de su tierra de origen. Recordemos que, aunque su exilio fue voluntario, no deja de suponer un desarraigo y una vivencia entre dos mundos y dos tiempos, cada uno con sus peculiaridades: el pasado ya conocido, con sus dificultades y sus grandes limitaciones, y el presente desconocido y extraño al que se llega a pertenecer dejando atrás sus raíces. Este último, liberador; el primero, enquistado en la memoria de forma consciente o inconsciente. En palabras de María Teresa Navarrete Navarrete, «Poemas de Cherry Lane, cabría definirse como un texto integral en el que el presente lírico consigue aunar en su reflexión los capítulos del pasado y del porvenir del ser».[4]
En este libro se percibe, por tanto, la bipolaridad o lucha interna que el exilio imprime en la identidad de la persona. Su vida en el extranjero la hacía libre, pero las raíces de su lugar de origen permanecían como algo irrenunciable conformando parte de esa identidad. Se trata de la doble identidad del exiliado o del desterrado. Y ese estar entre dos mundos se vuelve a repetir cuando regresa y se instala definitivamente en España, pero esta vez el pasado y el presente invierten el sentido y los condicionantes identitarios: el primero en el extranjero como autoexiliada y el segundo en su país.
De esa doble identidad surge en ella un desconcierto: «Si intentara decirlo/no sabría: el tiempo/y el espacio jugaban/una danza en el tronco de los árboles», del poema «Noroeste», o «Lo nuevo es la costumbre./Lo acostumbrado olvido./¿Soy otra? ¿Soy la misma?», del poema «Condenada al silencio». En este poema dirá también: «Aún no veo el conjunto/de todos los enigmas./Solo tengo fragmentos/amargos, disparates/de mí: gran disparate. O verdad honda».
Vemos en estos últimos versos cómo lo enigmático, lo oculto a los ojos, ya es objeto de atención para la poeta. Por ello dirá en el poema «Nada se oye»: «Nada se oye./En la casa vacía las preguntas —los pájaros—/se estrellan silenciosas contra el muro».
El arraigo interno con su tierra de origen se deja sentir en versos como: «Habría que marcharse./No haber venido nunca/porque el hondo misterio no está en los escalones/que bajamos; se agita,/mortal y eterno, en nuestro lado izquierdo» (del poema «Condenada al silencio»). Y, sin embargo, vuelve a mirar a la España que dejó atrás desde una óptica crítica contra la dictadura: «¿Están muertos/aquellos pájaros y aquella/vieja Universidad de vieja España/donde Ocnos tejía colores y perfumes/para el asno insaciable?» (del poema «Cita con una sombra»).
En composiciones de libros posteriores vuelve a expresar el sentimiento de esa doble identidad vivida por ella entre el extranjero y su tierra natal. Dos espacios y dos tiempos. Con gran belleza, dice en unos versos del poema «Viejas voces secretas de la noche», parte I, del libro con título homónimo que fue publicado en 1981: «A un árbol doble llamo soy. Hacia opuestos caminos/sus troncos van. Y la raíz no sabe/a cuál de ellos nutrir, amar, reconocer».
En 1970 regresa a España, pero tras un breve paréntesis aquí vuelve de nuevo a Estados Unidos, y desde 1974 a 1976 vivirá en Irlanda donde desarrollará su labor como profesora en el Dublin College. Del último periodo de su estancia en Michigan y de los años en Irlanda nacerá el poemario Campanas en Sansueña, publicado en 1977, ya instalada en nuestro país y con residencia en Galicia, lugar en el que permanecerá hasta su fallecimiento en 2024.
En este libro aparecen poemas sobre la nostalgia y la memoria (de sus padres, del tiempo pasado): «y en esta tierra en la que nadie se me ha muerto,/oigo el dolor de la materia que se deshace,/de mis padres y madres lejanos,/que eran y no son, pero son y no se reconocen» (de «Profundo mar azul»-I), o «Yo tuve veinte años, pero no me di cuenta./Y ahora no los recuerdo» (parte II del mismo poema).
Asimismo, en el interior de cada ser humano existen, sin saberlo nosotros, reminiscencias de una vida pasada que arranca de nuestros ancestros y que nos condicionan en cierta medida. No somos solo lo que en el presente nos define, sino que, desde esta perspectiva, nuestra identidad se asienta remotamente en planos ocultos que proceden de etapas históricas primigenias y que se integran en nuestra memoria inconsciente. En este sentido, en el poema «El tiempo me recuerda» dice: «Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido./En la memoria hay algas que arrastran extrañas maravillas;/objetos que no nos pertenecen o que nunca flotaron./La luz que recorre los abismos/ilumina años anteriores a mí, que no he vivido/pero recuerdo como ocurrido ayer».
Desde esta percepción surge en la poeta una necesidad de indagación para comprender, estrechamente relacionada con la definición de su propia identidad además de con la búsqueda de un conocimiento más amplio. En el poema «Libertad de la luz» expresa: «No sé: ¿cómo saber quién fui, quién, ellos, fueron,/sin luz?/Yo, a mí misma,/regresaré por esa luz —semilla de una luz ahora—/restaurando los rostros mordidos por el tiempo,/ordenando la casa que me habita/—puesto el mirto en los vasos/en honor de las sombras ancestrale—».
En Campanas en Sansueña encontramos, además, versos en los que Julia Uceda manifiesta su compromiso social y humanista ya manifestado en libros anteriores, como hemos expuesto con anterioridad; por ejemplo poemas en los que alude a la guerra y a la inhumanidad de quien la provoca (poema «Epitafio para un desconocido») o sobre la situación de nuestro país en la transición (poema «España, eres un largo invierno»). Ese compromiso es traído de nuevo en libros posteriores como en Zona desconocida (poemas «Del olor del humo», «Palabras para cantar a un templo vacío» o «Regresa el pálido caballo», este último sobre la pobreza) o en Hablando con un haya (poema «El hombre que cuida el río Hudson»).
Tras esta publicación, seguirán las del libro de relatos En elogio de la locura (1981), el poemario Viejas voces secretas de la noche (1982), la antología Poesía (1991), los libros Del camino de humo (1994), En el viento, hacia el mar (2003), Zona desconocida (2007), Luz sobre un friso (2008), Hablando con un haya (2010) y Escrito en la corteza de los árboles (2013).
En esos libros posteriores seguirán apareciendo temas recurrentes como la necesidad de la autora de una búsqueda que la llevara a una definición de sí misma y que resulta de todo imposible por medios racionales. Se trata de un camino de entendimiento en el que la definición del ser lleva a la comprensión de su identidad dentro de una realidad que no se puede expresar con palabras. Estamos, por tanto, ante un concepto que engarza en los poemas de Uceda con un espacio más genérico y amplio como es el de la indagación sobre el conocimiento y la existencia.
El título de su poemario Zona desconocida (2006) es muy elocuente en este sentido. Como expresa Jacobo Cortines al respecto, dicha obra supone «una incursión en otros territorios de la existencia, más allá de la realidad visible; un adentrarse, con todos los riesgos que conlleva, en lo que Juan Ramón Jiménez llamaba la “realidad invisible”, aquella que aún no ha sido nombrada, pero que necesita que se la dote de la palabra para hacernos sentir su presencia».[5]
Por su parte, el crítico literario y antólogo José Luis Cano, al referirse al libro Sin mucha esperanza manifestó que en él Julia Uceda «se dirigía a la búsqueda de la propia identidad a través de la infancia y de sus sueños.»[6] Y es que el proceso de indagación del conocimiento por parte de la poeta sevillana no se concibe a través de una perspectiva occidental, sino más bien desde el enfoque de culturas orientales y del psicoanálisis, este último adentrándose en territorios de lo onírico y la interpretación que puede hacerse de los mismos. Los sueños constituyen una forma de conocimiento y cobran especial relevancia en versos del libro Del camino del humo (1994), como los siguientes en los que aquellos constituyen vías de indagación y fuente de respuestas: «Nunca me fui/porque quedó pendiente una respuesta;/porque quedó escindida una palabra;/porque quedaron trozos por el suelo/clamando por imagen, por sentido,/por unidad que solo el sueño otorga» («Orden del sueño II»).
Asimismo, la palabra, como vehículo de expresión racional, no puede abarcar la totalidad de la realidad. Existe una limitación en el lenguaje a través de la palabra que no llega a todos los rincones del conocimiento general y del propio, tanto desde el punto de vista del emisor (en este caso la poeta) como del receptor a la hora de interpretar y captar aquello que se dice («Eran diosas del fuego las palabras: llamas/de un mundo que ni alcanzarse puede,/aunque la boca intente/tocarlo con la mano del sonido», del poema «Palabras», perteneciente al poemario Hablando con un haya). Se hace necesario, por tanto, otros mecanismos de búsqueda que permitan una profundización en la realidad. A través de la introspección, lo onírico o la memoria de los recuerdos, se pretende despejar un camino lleno de interrogaciones en el que Julia Uceda sitúa la indagación en el marco del lenguaje poético. Por ello, dirá Jacobo Cortines en relación a Zona desconocida: «Preguntas y preguntas que nos revelan por una parte la decidida voluntad de la poeta de llegar hasta las últimas consecuencias, de alcanzar el alma de las criaturas, en un continuo afán de busca, de culminar su “aventura del conocimiento”».[7]
En ese camino de indagación con el que desvelar lo enigmático y desconocido cabe mencionar las numerosas lecturas de autores de otras culturas (budista, hindú, china, etc.), en las que el pensamiento racional queda por detrás de las percepciones corporales, lo onírico, la reencarnación o el tiempo más allá de la muerte, y de las que Uceda bebió y recibió influencias, así como de otras corrientes de pensamiento como la ya mencionada del psicoanálisis que entronca con las ideas de Carl Jung sobre el inconsciente colectivo, los arquetipos o patrones universales y la interpretación de los sueños a través de la cual se revela y trasciende una realidad existente no visible. El o la poeta se convierte en un vidente que observa e interpreta lo que se ve exteriormente de este mundo, pero también lo que está oculto en la propia cotidianidad detrás de las apariencias.
La poesía de Julia Uceda, sobre todo después de sus primeras obras, se desliza de esta forma en un espacio de planteamientos filosóficos y existenciales que, en ciertos aspectos, recuerda a los de María Zambrano en cuanto a la conciencia de las limitaciones del lenguaje para poder abarcar la realidad. Lo que llevó a la filósofa veleña a establecer un camino de indagación a través de la palabra poética que le condujera a un hallazgo o vía de conocimiento; la razón poética que lleva a la totalidad del ser.
Pero, además, en palabras de Ignacio F. Garmendia:
Existe, como sostienen los estudiosos de la biología moderna y ha argumentado la propia autora, una «memoria genética» que recoge la herencia no directa de los ascendientes, transmitida a través de generaciones incontables de una manera quizá incomprensible o no del todo racional, pero vagamente apreciable cuando se manifiesta —por ejemplo en los sueños o en determinados estados que calificaríamos de visionarios— en forma de reminiscencias.[8]
En este sentido, existe un vínculo del presente de cada ser humano con un pasado histórico remoto de la humanidad y con el cosmos. Lo ancestral vive en nosotros sin tener conciencia de ello porque se va transmitiendo en cada generación como una memoria interna genética que, aun no siendo visible, se manifiesta de alguna manera. A través de la palabra poética Uceda indaga en esos ecos ancestrales, en esa zona desconocida. Para Ignacio F. Garmendia, ella «ha sabido recoger esa suerte de radiación cósmica de fondo, como llaman los astrofísicos a la que resultó de la gran explosión y vaga desde entonces por el universo, una energía remanente que a veces concentra el foco de su poesía y otras se percibe en los márgenes…».[9] Por ejemplo, en el libro Del camino de humo expresa Uceda: «Quizá en el territorio del zafiro/los puedas encontrar./Se reconocen en la lejanía/de haber sido, sin ser jamás ni voz ni tiempo/sino sólo recuerdo que, como ciega, palpas/en la incierta pared de la memoria» (poema «Inclusiones en un zafiro violeta»).
Cabe mencionar cómo el árbol, a veces nombrado de forma genérica y otras como un tipo de árbol concreto (el haya), constituye un elemento simbólico que recorre la obra de Julia Uceda. Existe una conexión de la poeta con los árboles y con ese pasado remoto ancestral, manifestada a través de la simbología del árbol en el que se concentra el lenguaje de otros tiempos. Los títulos Hablando con un haya y Escritos en la corteza de los árboles dan muestra de ello. En el primero de estos libros expresa la autora: «Umbrales, hayas, puertas… Todo sin decir/en estos tiempos de penumbras/y de viejos idiomas olvidados/que las hayas y las pombas guardan/en sus libros de viento» (poema «Hablando con un haya»). O en el poema «Ikebana», del mismo libro, donde dice: «Llueve. El silencio está vivo y acompaña,/se le respira y nos fundimos en lo innombrable./Los árboles y yo nos sentimos en paz».
Para Ignacio F. Garmendia, el árbol, el bosque, constituye «un espacio familiar en la poesía de Julia Uceda, que siente predilección por los árboles y gusta de convocarlos en tanto que testigos mudos o casi hermanos, quién sabe si conscientes— y experimentamos esa rara comunión que nos retrotrae a edades muy remotas».[10]
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Además del mencionado accésit del Premio Adonais de poesía obtenido con Extraña juventud en 1961, Julia Uceda recibió otros galardones y reconocimientos, la mayoría cuando tenía ya una edad avanzada y, tal vez, cabría pensar que pudieran ser insuficientes a la vista de la profundidad y la altura lírica de su obra. Entre ellos caben mencionar el Premio de la Crítica de Poesía Castellana en 2006, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes que le otorgó en 2021 el Gobierno de España a propuesta del Ministerio de Cultura y Deporte, pero sobre todo destaca el Premio Nacional de Poesía concedido en 2003 por la antología de su obra En el viento, hacia el mar.
Este libro, prologado por Sara Pujol Russell, reunió la poesía completa de Julia Uceda desde 1959 al 2002 y fue publicado en la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara. Con la concesión del Premio Nacional de Poesía, Julia Uceda se convirtió en la primera mujer a la que se le otorgó en democracia. Algo de lo que la poeta sevillana se sentía orgullosa, teniendo en cuenta su posición crítica hacia el régimen franquista en el que ese galardón ya existía bajo la denominación Premio Nacional de Literatura «José Antonio Primo de Rivera».
De la importancia de la obra de Julia Uceda no queda hoy la menor duda. Su personalidad única, diferente, que le hizo sentirse una «extraña» (según expresó ella), se reflejó en poemas que no siguieron las tendencias marcadas en el contexto literario de cada época a la que pertenecieron, sino que fueron escritos desde la autenticidad de una gran poeta que, sobre todo, quiso ser fiel a sí misma, incluso a la hora de componer versos. El crítico literario Miguel García-Posada, consciente de la importancia de la obra de Uceda, dijo: «A mi juicio, no hay duda: Julia Uceda es una de las voces mayores de nuestra lírica de hoy, una voz indispensable, cuya ausencia en algunas nómina “oficiales” sólo califica —y mal— a sus confeccionadores. Pero, ya lo sabemos, las nóminas desaparecen y los poetas —los poemas— quedan».[11]
En la poesía de Julia Uceda encontramos manifestación de amor, denuncia social, compromiso humanista, bipolaridad entre el pasado y el presente, entre una tierra de origen y otra de destino, necesidad de respuestas sobre su identidad y sobre el conocimiento, conciencia de las limitaciones del lenguaje, introspección a través de lo onírico y de la memoria, ecos ancestrales, búsqueda, y, sobre todo, una autenticidad y una fidelidad en el camino de la vida que plasmó en su obra con señas de identidad propias y que la convirtieron en una de las grandes creadoras de poesía de la segunda mitad del siglo XX y parte del XXI, capaz de expresar con sus versos lo que aparentemente es inexpresable.
[1] NAVARRETE NAVARRETE, María Teresa (2013).«Breve biografía literaria de Julia Uceda». ÁMBITOS-Revista de Estudios de Ciencias Sociales y Humanidades, núm. 29, p. 53,Córdoba, Asociación de Estudios de Ciencias Sociales y Humanidades.
[2]Diario Granada Hoy, 12 de diciembre 2019. Consultado en https://www.granadahoy.com/ocio/Julia-Uceda-no-hay-ser-obediente-Premio-Lorca-Granada_0_1418258753.html
[3] NAVARRETE NAVARRETE, María Teresa: Ob. cit., p. 54.
[4]NAVARRETE NAVARRETE, María Teresa: Ob. cit., p. 57.
[5] CORTINES TORRES, Jacobo: «La mirada interior de Julia Uceda», en ÍNSULA, Revista de Letras y Ciencias Humanas, nº 737, mayo 2008, Madrid
[6] CANO, J. Luis: Apud ob. cit.
[7]CORTINES TORRES, Jacobo : Ob. cit.
[8] GARMENDIA, Ignacio F. (2017). Prólogo del libro Julia Uceda. Viejas voces secretas. Antología poética (1959-2013).Sevilla. Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, pp. 10 y 11.
[9]Ibid., p. 18.
[10] GARMENDIA, Ignacio F.: Ibid., p. 11.
[11] GARCÍA-POSADA Miguel: Apud CORTINES TORRES, Jacobo: «La mirada interior de Julia Uceda», en ÍNSULA, Revista de Letras y Ciencias Humanas, nº 737, mayo 2008, Madrid.


















