La poesía de Julia Uceda Valiente (1925-2024) es tan extraña y original como que se instala en nuestro presente al margen de sus estéticas imperantes, con estilo tan indefinible que algunos, ensayando voces, la llaman “compacta” y “coral”. Podría decirse que es “valientemente ucedista” y su materia significativa un casi idiolecto, un mundo de palabras y símbolos que su talento o ingenio inconformista fabricó a medida de su intensa y rebelde subjetividad, de su individualismo a ultranza, pero con el equipaje bien nutrido de lecturas clásicas y una clara intención comunicativa que se dibuja y figura sobre un fondo misterioso y a veces hermético… “Y todo mi silencio florecerá de extrañas / palabras olvidadas”[1].
De ese modo, con la expresión “valientemente ucedista” haríamos justicia a sus nombres familiares, pero no a Julia, el nombre propio a quien tampoco se reduce lo escrito, esa sombra, de la que la autora parece también querer distanciarse, igualmente extraña a sí misma (la misma piedad cabe como sentimiento de distancias, legítima autocompasión de un “ser-para-la-muerte”[2]). De hecho y, como si huyera del nombre y de otros accidentes tempo-espaciales, la autora sevillana se autoexilió en Usamérica (1965)[3], en Irlanda (1974-1976), residió en París[4]…, y acabó muriendo en las atlantidades del Ferrol gallego, donde residía desde hacía cinco décadas. ¿Desarraigo voluntario? ¿Ruptura identitaria? ¿Fuga indagadora y aventurera? Quizá algo de todo esto, de ahí la proliferación en sus poemas de raíces añoradas, remembranzas infantiles, bipolaridad apropiada para árboles de varias ramas o en incesante e incierto crecimiento (‘crezco o muero’, reza el árbol). Por eso en la “alteridad” o “ajenidad” se ha visto principal empenta de la poética de nuestra autora.
En efecto, la poetisa refiere a sí misma como a una extraña, ser marginal e incapaz de reconocerse por completo en la vida cotidiana, en esa realidad oficial que llamamos “actualidad” y que consagran los medios masivos de comunicación. Es interesante el paralelismo o analogía con El caballero inactual de Azorín (experiencia literaria vanguadista de 1928), etopeya o descripción de un carácter. Como “etopeya” puede también leerse la poesía de Julia Uceda y la coherencia concentrada de su trayectoria artística. Félix Vargas, “el caballero inactual”, que vive en París, perdura y habita un universo ajeno a la actualidad, ensimismado o absorto en reflexión íntima, sus temas son también existenciales: la fugacidad del tiempo, la subjetividad creativa, la naturaleza elíptica de la existencia.
Dicen los críticos y comentaristas de Uceda que lo suyo fue una búsqueda ontológica, lo cual la hace sin duda acreedora de un interés específica y altamente filosófico. Es evidente que su indagación y uso del lenguaje como herramienta de conocimiento intelectual, y no sólo como instrumento musical, recoge ecos existencialistas: Heidegger, Camus…[5], si bien salpimentados con toques irracionalistas, surreales o “superreales” (expresión preferida por Aleixandre), los de una vidente u oyente, privilegiada con el superpoder de oír o prestar oídos a voces pretéritas, apariciones nocturnas, esas que podrían presentirse en una memoria genética que tal vez subyazga en la intimidad inconsciente y colectiva, donde reposase ya escuchada o pudiera hacerse presente, en los arquetipos junguianos, en los arrebatos oníricos, en los delirios eróticos[6]… Lo cierto es que su viaje poético no es sólo estético, sino que también alumbra pretensiones epistémicas y fulgura con hallazgos metafísicos en una dramática lucha íntima por superar el vacío del nihilismo ateo, buscando consonancias que no comparecen en la “actualidad” que tomamos por realidad y modernez. Por la zona desconocida de un camino de humo, Julia pelea por afirmar, entrever, vislumbrar, la trascendencia de nuestra condición y busca una experiencia verdadera, como un abrazo que ofrece generosamente al lector, o sea el conocimiento de una honda conciencia que no se deja dominar por la desesperación ni engañar por mitos y relatos conformadores.
Soledad[7] y marginalidad tienen la ventaja de servir para desplegar una perspectiva singular, la del médium que contempla realidades extramundanas o que cala el obscuro y confuso revés de las sonrisas o «el secreto más triste y polvoriento que nadie se confiesa». Si el motor de su creación es la duda metafísica (“Te rozarán la frente largas dudas /como ásperas lenguas de perro”[8]), no espere el lector de Julia respuestas definitivas, fuera de la afirmación rotunda de su inquietud personal y la defensa de una individualidad insobornable y solitaria[9]. Sabe la poetisa de la erosión de los mitos y del abandono “de Dios” (genitivo subjetivo y objetivo), lo cual no quita para que los lexemas “Dios” o “dios” (de dioses, diosas) comparezcan casi ochenta veces en su, por otra parte, bien trabado, congruente y lúcido delirio[10]: “Dios sin mucha esperanza”, “dioses difíciles”, el “silencio de los dioses”, “…Y adónde habré de irme / no sabiendo / si junto a Dios hay pájaros o sombras”.
En LUGAR CON CREMALLERAS, nuestra autora llega a preguntarse “si merece la pena abandonar / las tibias aguas primordiales, / exhalar el primer grito, intentar erguirse, / mirar relojes, elegir dioses, libros, calles, accidentes, / oficios de hombres o de mujer. Amar”. Otros dioses menores, insuficientes, son “el dios de las fronteras” (aunque ella no tenga ninguna que cruzar) y “el dios de los portones” que la acompaña pero no abre caminos. Hay también “dioses orejudos de enormes labios y penes reprimidos” y “la diosa solar Amaterasu, dadora de poder divino y poseedora de tres objetos sagrados, espejo, espada y joya, más un idioma imperial de difícil interpretación”.
Julia Uceda sigue a Hans Blumenberg en la opinión de que no fueron los sacerdotes, sino los poetas quienes establecieron, en la Grecia antigua, la genealogía y los nombres de los dioses que han llegado hasta nuestro tiempo; la misma Creación, tal y como se relata en la Biblia es un acto de palabra. Antes de lo definido por nombrado fue, en las teogonías anteriores, el Caos: “el primero de los dioses, y de él Érebo y la negra Noche”, según Hesíodo. Por eso, en su SONETO DEL AMOR Y DE LA MUERTE, dice Julia que “si perdiera la voz la robaría”.
El tema de la muerte, su angustia existencial y su imaginario[11], son temas recurrentes en la literatura de Uceda. En “Mariposa en cenizas”[12] interroga al Señor y tutea a Dios: Hoy te escribo, Señor, y te pregunto / por la escondida luna de mi muerte; / por su manos de hielos afilados / como agujas que cosen telarañas; por esa muerte mía, que aún no está madura por tus campos. / Tú, Dios, para matarme, / para volverme a Ti y a la sombría / cuna de donde vine, has de abrasar mis alas / y desatarme en nube pálida de ceniza / y aplastarme en la luz última de una tarde”… En Extraña juventud (1962) cita a Heidegger: “Llegamos muy tarde para los dioses”… Pero nunca es tarde si la dicha es buena.
Son las mariposas de Julia ambiguas, las hay del terror, e impera o manda, en el título de uno de sus mejores poemas, que de posarse una mariposa en tu mano, la mates. ¿Por qué habría de matarla? ¿Será porque es urgente bajarse de los dioses y tomar el fuego de Prometeo entre las manos? “Destruir esos ‘yo’ que nos presentan / una hilera de sombras agotadas. / Y dejarse caer sobre el principio /de la vida. O del sueño. / Ser solamente vida / presente. Sin recuerdo / de ayer ni de mañana”.
Tal sería un recurso extremo frente al sufrimiento de un pasado astroso y un futuro inmediato condenado como desahuciado porvenir… Pero sabemos que sólo las bestias viven en el puro presente y sólo los gusanos sobreviven sin recuerdos animosos y sin esperanzas posibles. No obstante, lo peor es, sospechamos, que pronto, demasiado pronto, el cuerpo comienza a molestarnos “como una abrigo estrecho / que hay que quitarse para estar más cómoda“[13].
Y no obstante, siente Julia que lleva consigo una parte de Dios, extraña y silenciosa… “Ay, Dios, cojo tu nombre / del barro y lo levanto al recuerdo más puro”… “Oh, Dios, dónde tus manos / para crear, de barro, un nombre nuevo”. De barro o de silicio, aunque nunca será nuevo del todo. En opinión de la poetisa y aunque Dios se asoma temblando en nuestro fondo[14], otros, tal vez “los demasiados” de Nietzsche, le utilicen como reventa, dios postizo para entrar en el Cielo, al que obligan a punta de pistola, de alfanje o de puntero, a ser iracundo o inteligente. “Para ese Dios burócrata / no merece la pena / el dolor de este mundo”[15]. Pero, “¿Dónde está Dios? Se fue con los traperos / se escondió en la cornisa / del templo, en el verdor / pétreo de las ruinas, / en los salmos de polvo / de los viejos misales: / hoy yacen bajo tierra”. No sabemos si es descripción de situación o lamento hermoso. Pero sigue: “Vivir sin esperanza: dioses nuevos, / jocundos”. Esto suena muy nietzscheano, si no fuese por que añade: “Dioses para vosotros / que sabéis que no existen. / Sin temor / derramáis todo el vino / y la alegría impulsa / vuestras tristes banderas. / Tened cuidado. Un nuevo rostro serio, / un múltiple rostro grave, os mira. / Os mira, os mira, os mira sin piedad. / Fríamente os contempla / y escribe”.
Menos mal que “Dios no se enfada”[16]. Y, sin embargo, todas las criaturas de Dios, “centro del mundo” son como pétalos de esa rosa que hoy yace sin memoria y caen sobre la tierra en “muertes encadenadas” como “eslabones de sueño”, “imperceptibles trozos de tiempo en el gran tiempo de Dios”[17]. Reconoce Julia haber buscado una voz donde había viejos mitos desiertos y haber adorado… “dioses derribados / en hondos agujeros”. Y “Mirar a un mismo tiempo todo / y resbalarme por el cielo / como una llama en Dios mojada / que va rodando y encendiendo”[18]. El final del poema DIOS, concluye con la esperanza: “Dios pasará por mis ojos”[19]. Y a EDITH PIAF, que cantó “en la inmensa calle de Dios” la condenaron “como si Dios no fuese amor”[20]. En HAY UN ROSTRO DETRÁS DE LA SOMBRA, la autora se entrega a la oración recordando la teología negativa en la mejor tradición del Pseudo Dionisio: “Señor, si eres, yo sé cómo no eres. / Si juzgas, yo sé cómo no juzgas. / Si amas, yo sé cómo no amas. / Y no sé nada más”, pero “Veo la muerte en los caminos / y algo peor: el vacío y el polvo…”.
En un poema cuyo final sorprende e impresiona vivamente, sobre la naturaleza de las hormigas que mira un niño, se contrasta la vida social de estos himenópteros, a los que se les supone, con licencia hiperbólica, temor a los dioses, a las leyes no escritas y a los ciegos destinos. De pronto el niño es un hombre que se levanta irritado, “ignorado por el mundo / que trascurre a sus pies, y bruscamente / rompe la hilera que supone un cosmos / que se esparce, deshecho, sin motivo”. Es el hombre, cruel y sin razones que, muy diferente del insecto, es animal solitario que vive en sociedad[21]. Este animal solidariamente insolidario (o viceversa) “tiene leyes, idiomas y ciudades. / Con frecuencia / extermina a otros hombres.[22]/ Cree poseer un alma, / pero no sabe dónde / ni por qué ha de morirse. / Machos, hembras y obreros / también privados de las alas. / Se dice que no existen / variedades notables entre ellos, / pero vemos que algunos / huyen de la manada y se destierran / con gritos de dolor que no se oyen”. ¡El final del poema es sorprendente, eleva y emociona!, porque ahora somos nosotros los insectos a los que mira… ¿Quién?: “¿Dónde está el niño que nos mira / y piensa: ‘De qué extraña / manera se comportan…’ / y va a pisarnos y a correr riendo / a buscar su merienda y sus deberes?”[23].
Ya no hay paraísos, ni terrestres ni celestes, pero todo sigue siendo igual de natural, es decir, “todo tan misterioso”… “Nada más natural. Lo extraño es esto: / no poder derrumbarse en las aceras / porque hay que mantener el orden público.”[24]. El derrumbarse en las aceras, es decir, el mal, siempre presente. El martillo de cualquier teodicea, por poética que esta sea, es siempre el mismo: Si Dios existe y no quiso “poner entre nosotros los amargos / sabores, el oscuro / color del miedo, las aristas / de fuego para el tacto / que confía, el perfume / agrio de la traición, / ni el ruido sin pausa / de los cuerpos que caen”…, entonces, ¿de dónde el mal? La tribulación de Julia se asemeja a la del gnóstico que desconfía, por la omnipresencia del mal, de la creación de este mundo por la deidad suprema, que no puede ser para un pensamiento eticista, sino perfectamente buena y misericordiosa. Este mundo parece capricho o chapuza de un dios menor, o diabólico, o viejo y rencoroso, “irascible abuelo”, le llama Uceda: “Si es que reinas, / tu reino es lo que huye. Todo / desaparece al fin. Las formas solitarias / son un solo fluir que se abre paso / ‒con cuánto esfuerzo, Anciano‒ / hacia Tu ser que tu rencor le oculta”[25].
Como si cantase alrededor de un templo vacío, Julia se pregunta “¿A quién oye Dios en tiempos de guerra?”. Responde: “Tendremos paciencia con Dios porque Él oye a quien no tiene prisa”. Los dioses no supieron convivir en Bagdad y mató quien acariciaba palomas. Ergo, su acariciar palomas no podía ser sino hipócrita, farisaico, como el brillo del sepulcro recién blanqueado de nuestros terroristas. Ante el sin sentido de las guerras (¿dónde están mis pies? ‒-se pregunta la niña‒ ¿qué dios se ha llevado los pies de la niña de Basora?). ¿Y a cargo de qué Dios el aliento que escapó del pecho de la víctima? –uno de los tres que poblaron el Edén destruido-. La llamada a la paciencia parece sarcástica…, pero es que “los dioses no responden a quienes tengan prisa”.
Al final de Zona desconocida (2006) comparece “la diosa blanca de ojos sin párpados” que continúa llorando hacia dentro desde que el campo de golf devora lo sagrado y el barro de los muertos da cuerpo a las paredes de un hotel en Casas Viejas[26]. Y en Hablando con un haya (2010) llama “diosas del fuego” a las palabras: “…llamas / de un mundo que ni alcanzarse puede, / aunque la boca intente / tocarlo con la mano del sonido”. El compromiso de Julia Uceda con las Palabras creadoras y descubridoras es total: “No las olvides porque te olvidas de ti”. “Pasee / sobre ellas [palabras] y eran el bosque, el mundo / que habitábamos, / la luz que, somos tiempo, revelaba / la última pisada de quien fuera un ángel. / Recorría con ellas / el pasado, y lo creaban desde la noche, cual si nunca / él hubiera existido porque no son la misma / la luz de la memoria[27] y la que vemos.”
Vida y poesía se entrelazan en esta voz única de la Literatura española contemporánea, poderoso modelo de mujer que construye su identidad y trascendencia al margen de las convenciones sociales y de las ortodoxias ideológicas, Dama inactual, pero muy real y existente como testimonio coherente y perseverante de independencia intelectual y de afirmación personal. Julia Uceda Valiente tuvo el valor de forjar su vocación literaria como destino, contra el nihilismo materialista imperante. Abrió con ello resquicio luminoso, bello, para una esperanza razonable.
La Esperilla
29 de septiembre
Día de San Miguel Arcángel
[1] CUATRO (Dejaré los títulos de los poemas en mayúsculas, en cursiva los títulos de libros y poemarios).
[2] Según la ya tópica expresión heideggeriana.
[3] En el Departamento de Español de la Universidad de Michigan encontró al maestro Ramón J. Sender, al que Julia deja sin jota en sus dedicatorias, a Rodríguez Moñino, a José L. López Aranguren, a Dionisio Ridruejo…
[4] Estos y otros datos pueden leerse en “La mirada interior”, introducción de Jacobo Cortines a su Poesía completa (Vandalia, 2023), edición que hemos seguido en nuestro estudio en su versión digital. Antes de este libro, En el viento, hacia el mar (1959-2002) recogía los siete libros primeros de la autora.
[5] Julia Uceda se doctoró con una tesis sobre José Luis Hidalgo, poeta existencialista, autor de Los muertos (1944). Es central, sobre todo en sus primeras obras, como Extraña juventud (segundo poemario), su preocupación por el significado de la muerte.
[6] Verdaderamente extraordinario el poema EL ENCUENTRO… “…Me vibraste como una campanada que me inundó, que resonó en lo íntimo, en los recodos últimos de mis cuevas salvajes y me envolvió en una inmensa ola que me dejó en tus brazos, por primera vez viva…”. Primer poema en Mariposa en cenizas (1959), que dedica a Rafael.
[7] “Vivimos solitarios, sombras entre la niebla”, en QUERIDO HERMANO.
[8] En LA TRAMPA.
[9] No hay registro público que indique que Julia Uceda tuviese descendencia. Un emocionante poema suyo CANCIÓN DE CUNA, sobrecoge poéticamente el hecho: “Tenéis cada uno un nombre escrito en una estrella, / unos ojos pasmados, unos pies de azucena, / un cabello de oro y una risa de miel; / pero nunca, hijos míos, os habré de mecer…”. Se ha dicho que la ausencia de un linaje biológico en la vida de Uceda no es azar, sino manifestación vital de la autonomía, alteridad y rechazo de las convenciones sociales que permean su obra. En Extraña juventud (1962) se interroga y declara a sí misma: “Julia Uceda, qué has hecho de tu sombra. Mujer sin huella”. El cuerpo sin apellido es metáfora poderosa de una existencia que no necesita linaje que la valide o defina, fuera de su intelecto y de su voz.
[10] Uso esta palabra “delirio” en el positivo sentido con que la usó María Zambrano, pero dejo constancia de que no aparece para nada en los poemarios de Julia Uceda.
[11] “No podré caminar un día. / Me pondrán sortija de hielo / para mis bodas con el musgo / en la catedral de los sueños” (una de las pocas cuartetas de corte clásico que pueden disfrutarse en EL OTRO UMBRAL). En el poema titulado 2976, se especula con el posible descubrimiento del propio cadáver por parte del hombre que adora a otros dioses y descubre los huesos velados de una mujer de luto con cascadas de pelas desde la tráquea rígida…
[12] Expresión tomada de un verso de las Soledades de Góngora: “mariposa en cenizas desatada”, que sirve de título a uno de sus poemarios (1959).
[13] En PROFUNDO MAR AZUL II.
[14] ¿Es el temor y temblor de Kierkegaard?
[15] En HAY UN ROSTRO DETRÁS DE LA SOMBRA.
[16] En RESPUESTA A LAS BRUJAS.
[17] El gran tiempo de Dios es la eternidad, o sea, el no-tiempo, cuya especie para el pensamiento anda enterrada o, sólo, momificada.
[18] En EL OTRO UMBRAL.
[19] Antes, en EL REGRESO: “Secretamente, creo que volveré. / Con mis cabrelos duros / jugarán las estrellas y las fuentes / y yo seré un misterio más en los misterios, / hoja en hoja, sonido en aire, tierra…”
[20] Esperanza subjuntiva. Subjuntivo, modo de la duda, de la hipótesis, del supuesto, pero también de la posibilidad, el modo metafísico por excelencia y prospectiva.
[21] Es otra forma de expresar lo que Kant llamó “la insociable sociabilidad” del humano, esto es, su solidaria insolidaridad. Cada humano, un mundo; por eso, con Unamuno, cada muerte es tragedia porque extingue una especie para siempre.
[22] Diremos aquí, contra el animalismo antihumanista, que también ciertas especies de hormigas se hacen la guerra.
[23] Este final recuerda el famoso aforismo de Heráclito B52 D-K: «El tiempo es un niño que juega, moviendo piezas; el reinado es de un niño», Αἰὼν παῖς ἐστι παίζων, πεσσεύων· παιδὸς ἡ βασιληΐη. El Aiṓn no es el mero tiempo que nosotros medimos mecánicamente, sino el principio (¿eterno?) que rige la duración de los mundos.
[24] En CONDENADA AL SILENCIO, dedicado a Ramón Sender.
[25] En REFLEXIONES SOBRE UNA HISTORIA PARA NIÑOS.
[26] Del 10 al 12 de Enero de 1933, la II República fue incapaz de contener una revuelta campesina ante la frustrada Reforma agraria en Casas Viejas (Cádiz), el resultado de la masacre fue de 28 campesinos y tres guardias muertos (dos civiles y uno de asalto).
[27] La memoria “y sus enredos” es otro de los grandes temas de la poesía de Julia Uceda.



















