JULIA UCEDA, PREMIO NACIONAL DE LA CRÍTICA. REFLEXIONES A VUELA PLUMA

Fotos de Josefina Martos Peregrín

Julia Uceda (Sevilla, 1925- Ferrol, 2024) pertenece a la segunda generación de posguerra junto a las escritoras nacidas aproximadamente entre 1924 y 1938: Mariluz Escribano, María de los Reyes Fuentes, Pilar Paz Pasamar y María Victoria Atencia. Y un tanto más separada por unos años de ellas María del Valle Rubio. De una fecha tan temprana como 1963 es Poetas del Sur de Luis Jiménez Martos, que publica en la colección arcense Alcaraván. En ella aparece ya la escritora gaditana Pilar Paz Pasamar  junto a María de los Reyes Fuentes, Aquilino Duque, José Carlos Gallardo, Manuel Mantero, etc. como miembros de la generación andaluza de los cincuenta. Paz Pasamar constituyó con los escritores Fernando Quiñones, José M. Caballero Bonald, Julio Mariscal y José Luis Tejada, entre otros, el grupo Platero de Cádiz, que tanta trascendencia tendría en la lírica gaditana y andaluza. Accésit al Premio Adonáis en 1954. De su obra poética se destacan, Mara,  Los buenos días, Ablativo amor, Del abreviado mar y La soledad contigo. Julia Uceda se integrará en el grupo formado por García Viñó, Aquilino Duque, María de los Reyes Fuentes…, cuyo estudio llevó a cabo Juan de Dios Ruiz-Copete[1]. María Victoria Atencia no comenzará a ser alabada sino a partir de los noventa o finales de los ochenta, considerándose en el momento actual como uno de los grandes referentes de las letras españolas con sus obras ya clásicas: Cañada de los ingleses (1961), Marta & María (1976), Ex libris (1984),  La pared contigua (1989), La intrusa (1992), El puente (1992)… y Mariluz Escribano mucho más tarde, ya llegado el siglo XXI en que por suerte llegará su mayor reconocimiento con los premios Andalucía de la Crítica y el premio de las Letras Andaluzas Elio Antonio de Nebrija, entre otros reconocimientos con obras como Sonetos del alba (1991), El corazón de la gacela (2015), Geografía de la memoria (2018) o Poesía completa (2022).

La poesía de Julia Uceda, que ya obtuvo un primer reconocimiento con el accésit al Adonáis en 1961 con el poemario Extraña juventud, tiene una trayectoria que se inicia con una exaltación de la obra de Antonio Machado, en cuyos homenajes participa con vigor. En este sentido, dos años antes de la publicación de Extraña juventud, el sábado siguiente a los actos celebrados en Colliure, el 28 de febrero de 1959 en homenaje al escritor sevillano, la tertulia «Charlas de Café» se dedicó a homenajear a Antonio Machado con la participación de Manuel Mantero, María de los Reyes Fuentes, Julia Uceda… A este siguieron otros actos como la Fiesta de la Poesía, en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla; y algunos otros actos más.

Años más tarde, en la última semana de marzo de 1975, el Spanish Cultural Institute de Dublín dependiente de la Embajada de España e Irlanda organizó un ciclo de conferencias sobre Antonio Machado. Julia Uceda participó en este homenaje con la conferencia «Las Andalucías de Antonio Machado». El texto de esta intervención se publicó en la revista Cuadernos Hispanoamericanos en su número cuádruple 304–307 (Uceda, 1975/1976) dedicado a Antonio Machado.

Tras sucesivas estancias en Michigan (EE.UU.), Oviedo, Albacete y Dublín se instala definitivamente en Galicia en 1976 donde escribe sus cuatro últimos poemarios, Del camino de humo, Zona desconocida, Hablando con un haya y Escritos en la corteza de los árboles, habiendo obtenido en 2003 el Premio Nacional de Poesía por la publicación de En el viento, hacia el mar (antología de sus obras completas) entre otras importantes condecoraciones como el Nacional de la Crítica, el Luis de Góngora, el de las Letras Andaluzas Elio Antonio de Nebrija…

La obra general de Julia Uceda ha participado de la construcción de los procesos identatarios del ser en relación al mundo que le ha tocado vivir siempre manifestando una aventura personal donde la trascendencia de lo cognoscible ha sido de suma importancia, instalándose habitualmente en una poesía donde la aventura del conocimiento determinaba su modo de ser y estar en el mundo. Y siempre desde la contemplación del hecho poético como cultura de la esencialidad y prisma que contempla a sí mismo su reverberación donde la sustanciación de la realidad siempre se haya presente desde un lenguaje simbólico preciso. En alguna ocasión su reflexión sobre la poesía ha sido: «¿La poesía? ningún poeta sabe lo que es la poesía, es una parte de la vida que ocurre en las honduras del alma y por fortuna nada requiere de la economía».

En 2006 su obra Zona desconocida obtuvo el Premio Nacional de la Crítica con un jurado presidido por Miguel García-Posada, que siempre había elogiado la poesía de su paisana Julia Uceda.

Es un gran libro de poesía y también un gran libro de pensamiento, de reflexión, de profundización en las claves de la existencia, en la historia personal de Julia Uceda pero también en la historia de este país. A esta obra siguió un exhaustivo y muy motivado ensayo de García-Posada.

Preguntas, senderos y blancura son los tres órdenes en los que distribuye su percepción de la existencia, su visión interiorizada del discurso humano, la conformación de un orden del mundo habitado por la introspección interior y la cercanía de la filosofía, la metafísica y el pensamiento en general, en una proyección que anhela explicarse nuestra presencia (al menos así en los primeros poemas) pero nunca lo ajeno como extraño sino como muy cercano correlato en el que existe una permanente pulsión de compromiso: “Los de enero del 33 murieron debajo./ Eran pobres pero ardían lo mismo” (dice en el último poema). Diríamos que estamos ante un tratado para la comprensión de la humanidad con el bagaje de una persona que, como diría el poeta francés, ha alcanzado la edad de la razón.

Pero su afán inicial es hacerse, como Sócrates, las preguntas-símbolo, las preguntas-trampa de la existencia: “¿Por qué abro puertas a otras puertas?”. En este verso traza el esquema para dirimir el poema: la palabra, su plenitud y vacío como un fehaciente emblema que nos conduce a más preguntas, a singulares preguntas, a eternas preguntas.

La necesidad de la luz y de responderse con palabras (siempre está como subtexto ese principio del evangelio de San Juan de al principio fue el verbo), de encontrar la versatilidad de sus respuestas y la comprensión de sus preguntas.

Y los espejos, esos espejos en sombra que guardan los secretos, esos arcones jóvenes que nos advierten del secreto de su interior, donde se hallan las manchas del crepúsculo y el brillo de las horas, ese tiempo de raigambre machadiana que tanto habita en Julia Uceda, como sucede en “Se llaman horas, pero rómpelas”.

Unidad de tiempo y memoria en la contemplación de los espacios interiores que se tratan también de construir en la zona oscura de la memoria: “Ni una sola palabra que pueda recordar”, dirá en “Decía Hielo”. A través del discurso narrativo y la reflexión interiorizada también los sueños pueden ser preguntas, y puede referir las imperfecciones de la felicidad, el compromiso con toda una generación, la recepción de los patios interiores, su esencia (“Y quién fui yo”). Una determinación de alcanzar la comprensión a través de la luz, a través de la profundidad en el ser, desde aquella niña mala que huía en la niebla o se escondía tras las puertas, a través de ese alguien que surge de la memoria, una luz quizá, un miedo (el miedo de los pestillos), los huesos de las sombras como una identificación con la memoria que se construye en su concierto de bruma.

Mucho misterio en el que encontrar esa luz que permanentemente se trata de manifestar, una luz incierta, una zona desconocida. Y su ámbito machadiano llega con los senderos y la necesidad de ser alguien en el camino, de evitar la soledad que produce el frío y la construcción de los procesos de identidades, de saberse quién y cómo. Un ámbito transitorio que se acerca al sentimiento y sus zonas llenas de claridades, pero también a sus sombras con la confidencialidad de lo narrativo y la épica de la construcción desde la zona desconocida.

Si el pasado es contemplado con alegría, el símbolo de <algo terrible> dejó en los márgenes el sentimiento. Y parece que se reabre el misterio, se construye a través de los cauces de los símbolos y las metáforas, del concierto de los olores: el de la leche de una madre y su hijo, el de la intimidad, el de la tierra… Todo ello como un organismo que bucea en el interior del ser (“En el muro que soy”) y no se asombra ante el esplendor de la vida y comprende su ritmo y su orden, y el nacimiento de todo lo que conforma la química del universo.

Un discurso de interiorización y construcción personal que en el último apartado mira más hacia el entorno, hacia esos “Hombres sin luz el alma fósil”. Entonces la historia se apodera del poema como en “Apuntes de Historia” y el compromiso de la escritora se hace defensa y levanta el dolor de la sangre corrompida, los viejos templos destruidos y el olor del humo, el llanto hueco de las lágrimas sin cauce.

Una poesía que brilla con la fortaleza de lo humano y la crítica fehaciente del grito que se instaura, como en Munch, en símbolo doloroso: “De la moneda que huele a sangre y rueda entre los siglos;/ los asesinos de pájaros, de selvas, quemadores! de bibliotecas…” Una lírica ya definitivamente desconsolada, definitivamente efectiva, impura en su manifestación de compromiso con el dolor.


[1] Ruiz-Copete, J. de D. (1971). Poetas de Sevilla. De la generación del “27” a los “taifas” del cincuenta y tantos. Sevilla: Caja de Ahorros de San Fernando.

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