«Piedra de Sol» es un poema extenso de uno de los más grandes poetas y ensayistas en lengua castellana, Octavio Paz, nacido en Ciudad de México en 1914 y fallecido en la misma ciudad en 1998, Premio Nobel de Literatura de 1990 y Premio Cervantes obtenido en 1981, entre otros muchos reconocimientos. El poema fue publicado por primera vez en 1957 por el grupo editorial de su país Fondo de Cultura Económica, en la colección Tezontle, y constituye una de las creaciones más relevantes del autor mexicano y de la literatura hispana, habiendo sido objeto de una gran cantidad de estudios por investigadores del ámbito universitario y literario. Fue incluido posteriormente en su obra Libertad bajo palabra. Asimismo, ha formado parte de múltiples antologías. Tres años después de su primera publicación fue traducido al sueco y en años posteriores al francés, húngaro, griego e inglés.
El calendario azteca, Piedra de Sol y el poema:
El poema viene precedido por una cita perteneciente al soneto «Arthémis» del poeta romántico francés Gérard de Nerval. Su título se corresponde con el del calendario azteca representado en un monolito que se encuentra en el Museo Nacional de Antropología de México. Se trata de un monumento de basalto tallado de 3,60 metros de diámetro, más de un metro de grosor y un peso que supera las veinticuatro toneladas, en el que se describen los movimientos de los astros así como ciclos de tiempo, y en el que se realizaban sacrificios rituales.
Según Luis Gustavo Meléndez Guerrero, doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra, «La piedra del sol presenta en su grabado una dimensión cosmogónica y una serie de ciclos de vida que invitan a pensar en el proceso vital del mundo y del hombre»[1]. El calendario azteca se inspira en el periodo orbital sinódico del planeta Venus que permite que sea visible tanto por la mañana como por la noche. Para los aztecas esa dualidad simbolizada en Venus forma parte de la esencia del universo, de las leyes que lo rigen; pero además para ellos constituyó la encarnación del dios Quetzalcóatl, uno de los dioses más importantes de la cultura mesoamericana llamado «la Serpiente Emplumada», que representa la dualidad inherente al ser humano: las limitaciones del cuerpo físico (la serpiente) y los principios espirituales (las plumas).
Síntesis del recorrido del poema:
Existe una evolución en la vida del ser humano que tiene su correspondencia con la trayectoria que el hombre (sujeto poético masculino) recorre en sus pensamientos y en sus emociones a lo largo del poema, que no es estática, sino que va avanzando y transformándose. Inicialmente, en los primeros versos, el hombre siente soledad, angustia existencial y vacío, en mitad de los cuales tiene la percepción de que todo es presencia: el tiempo («la hora centellea y tiene cuerpo», «fluyo entre las presencias resonantes») y, sobre todo, la presencia femenina que es de enorme importancia en el devenir del hombre.
El amor y la sexualidad constituyen fuentes de luz dando paso a un erotismo, fruto de sus deseos («tu vientre es una plaza soleada,/tus pechos dos iglesias donde oficia/la sangre sus misterios paralelos,/mis miradas te cubren como yedra» o «vestida del color de mis deseos/como mi pensamiento vas desnuda»). Sin embargo, ese hombre que recorre el cuerpo femenino retorna de nuevo al pensamiento umbrío y se siente desolado («mi sombra despeñada se destroza/recojo mis fragmentos uno a uno»). El vacío lo invade, entra en él, por ello surge un anhelo en su caminar, una búsqueda constante sin tregua («a la salida de mi frente busco,/busco sin encontrar, busco un instante»). El tiempo exterior de los acontecimientos lo destierra de sí mismo y por ello busca el instante, que cobra importancia porque en su soledad «no hay nadie, cae el día, cae el año/caigo con el instante, caigo a fondo»).
Sin embargo, el tiempo cotidiano físico y el instante no son coincidentes. La noción temporal se formula en el poema como un volver continuo que se manifiesta de forma cíclica. Se trata de una circularidad que se basa en la repetición: todos los individuos tienen una vida finita y mueren, lo que se repite es la muerte de cada uno de ellos; igualmente los sentimientos y los pensamientos van transformándose y evolucionan, avanzan, para después regresar al punto de partida, tal vez de distinta forma, pero no concluyen definitivamente. Son ciclos que también se reproducen en la historia de la humanidad y en el propio universo, como el periodo sinódico de Venus y los ciclos del tiempo, la sucesión de los días y las noches, que inspiraron el calendario azteca Piedra de Sol. Se trata de la idea del eterno retorno ya formulada por Nietzsche en La gaya ciencia y desarrollada en su obra Así habló Zaratustra, si bien el filósofo alemán lo conceptúa desde la óptica de la superación que lleva a un «superhombre» anhelante de vivir intensamente a partir de la creación de nuevos valores.
Esa circularidad que se reproduce en el poema, tanto en la forma como en el fondo, parte del calendario azteca (como he indicado antes), del que no solo toma su nombre sino también una concepción de lo sagrado que se proyecta en la presencia femenina como mujer no concreta a la que designa con figuras simbólicas pertenecientes a la tradición mitológica y al cristianismo (Melusina, Laura, Isabel, Perséfona, María). Así dice: «he olvidado tu nombre, Melusina,/Laura, Isabel, Perséfona, María,/tienes todos los rostros y ninguno», en una pluralidad y unidad que se presentan simultáneamente («eres todos los pájaros y un astro»), y que también constituyen origen de su dolor y de su herida («te pareces al filo de la espada/y a la copa de sangre del verdugo»). La Piedra de Sol que es el calendario azteca remite a la divinidad («sol de soles») en la que se encuentra la «plenitud de presencias y nombres».
La idea del tiempo circular se suelta y se retoma en versos posteriores creando así una circularidad formal paralela a la conceptual. El tiempo es infinito y reproduce los instantes, avanza, retrocede y vuelve. Pero insiste el sujeto poético en que: «…afuera el tiempo se desboca/y golpea las puertas de mi alma/el mundo con su horario carnicero”; el mundo se desmorona y el pensamiento del hombre (sujeto poético) se sume nuevamente en angustia. Se produce un abismo en el ser ante los horrores del mundo en el que «amenazado por la algarabía/de la muerte vivaz y enmascarada/el instante se abisma y se penetra». Esto lo conduce a desear la vida con plenitud vivida en el instante. Un instante que deviene en otro y que, pese a que desaparezca, la sucesión de instantes en sí misma constituye una repetición, ese eterno retorno que no cesa nunca.
Mientras tanto, el hombre siente su herida, su vacío individual, y vuelve al dolor ocasionado por la mujer mítica («y en tus ojos no hay agua, son de piedra,/y tus pechos, tu vientre, tus caderas/son de piedra, tu boca sabe a polvo,/tu boca sabe a tiempo emponzoñado», pero el abismo se encuentra también en el mundo: los horrores del mundo, la guerra (en una de las estrofas se alude a la Guerra Civil española), los crímenes o la angustia de la muerte. Frente a todo ello el amor salva al ser humano: «Madrid,1937,/en la Plaza del Ángel las mujeres/cosían y cantaban con sus hijos/después sonó la alarma y hubo gritos», expresa Octavio Paz en el poema. Sin embargo, en mitad del horror «los dos se desnudaron y se amaron/por defender nuestra porción eterna, nuestra ración de tiempo y paraíso». El amor salva al mundo: «el mundo nace cuando dos se besan». El ser humano aislado no es nada, solo su comunión con el otro lo hace real («nuestra unidad perdida, el desamparo/que es ser hombres, la gloria que es ser hombres/y compartir el pan, el sol, la muerte/el olvidado asombro de estar vivos»).
El amor constituye eje fundamental en «Piedra de Sol», es punto de inflexión que lleva al hombre desde la angustia vital al éxtasis de estar vivo («amar es combatir si dos se besan/el mundo cambia, encarnan los deseos,»). A medida que avanza el poema el sujeto poético transcurre desde el abismo a la salvación a través del amor y la sexualidad, la búsqueda y la conciliación con la otredad, la visión de un mundo que cambia «si dos, vertiginosos y enlazados,/caen sobre la yerba:». Es entonces cuando el cuerpo se libera, «rompe amarras» y el alma «zarpa», fruto del éxtasis amoroso al que llega el hombre a través de la sexualidad, en un tiempo total en el que «no pasa nada/sino su propio transcurrir dichoso».
El mundo cambia, pero el poeta regresa de nuevo hacia el final del poema al dolor del mundo mediante preguntas retóricas que manifiestan énfasis («¿no son nada los gritos de los hombres?,/¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?», cuestiona de forma angustiosa). El dolor se abisma y el hombre se pregunta sobre el «vértigo y el vacío», el «horror y el vómito». Se plantea, pues, si somos dueños de nuestras vidas, porque «la vida no es de nadie». Y vuelve su reflexión en una nueva circularidad de sus pensamientos hacia la otredad respondiéndose a sí mismo que «soy otro cuando soy, los actos míos/son más míos si son también de todos,/para que pueda ser he de ser otro». La existencia se sustenta en la conciliación e identificación con la otredad («los otros que no son si yo no existo/los otros que me dan plena existencia»).
El hombre (sujeto poético) es consciente de su finitud y regresa en el poema una y otra vez a expresar esa consciencia en un ciclo de pensamientos que concluye y vuelve, como el tiempo circular, como «el día inmortal» que «…asciende, crece,/acaba de nacer y nunca acaba». Por eso concluye que «al cabo de los años como piedras/oí cantar mi sangre encarcelada/…/una a una cedían las murallas,/todas las puertas se desmoronaban/y el sol entraba a saco por mi frente» hasta llegar a esos primeros seis versos que se repiten al final del poema en un ciclo infinito que regresa y no acaba, como el tiempo que «avanza, retrocede, da un rodeo/y llega siempre:”.
Circularidad o el mito del eterno retorno:
El poema está formado por 584 endecasílabos blancos, un número de versos que, como el mismo Paz afirmaba en su primera edición, «es igual al de la revolución sinódica del planeta Venus»[2]. Los seis primeros, de gran belleza poética, son idénticos a los seis últimos, confiriéndole un carácter cíclico que se va repitiendo en el interior del poema mediante otros elementos. Esos versos que lo abren y cierran son los siguientes:
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
El último de ellos concluye con dos puntos sugiriendo algo inconcluso que además «avanza, retrocede, da un rodeo» para llegar de nuevo siempre, haciendo énfasis, por tanto, en una circularidad. La inexistencia de puntos (el poema solo tiene comas, punto y coma y dos puntos) entre las treinta y tres estrofas que lo constituyen proyecta una continuidad que no cesa a lo largo del mismo para volver de nuevo al inicio. Esa circularidad no solo se produce en el plano formal, sino que atañe también al plano conceptual, sobre todo en lo referente al tiempo, a la naturaleza y al universo, que se manifiestan de manera cíclica. Refiriéndose a este segundo plano, Octavio Paz expresó en una entrevista lo siguiente:
Lo que quiero decir es que sobre el tiempo circular del mito, se inserta la historia irrepetible de un hombre que pertenece a un país, a una generación y a una era… El tiempo puede ser cíclico, y por tanto inmortal… pero el hombre es finito e irrepetible. Lo que se repite es la experiencia de la finitud[3].
Para el poeta y crítico venezolano Guillermo Sucre, esa circularidad existente en el poema constituye lo que él denomina «mito de recreación» o del eterno retorno. En el ensayo titulado «La fijeza y el vértigo» que Sucre dedicó a Octavio Paz, publicado en 1971 en el número 74 de Revista Iberoamericana, Órgano del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, de la Universidad de Pittsburgh, manifiesta que se trata de:
la continua renovación del mundo y de la vida a través de la repetición de la cosmogonía. En el poema, esta recreación se proyecta en el ámbito de la naturaleza, pero también en el individual del hombre y del poeta. Si su centro en el plano cósmico es la naturaleza, en el individual es el amor. No, por supuesto, como realidades distintas, ni siquiera paralelas, sino idénticas: la mujer es la naturaleza misma, y viceversa; ambas son dualidad y también unidad; encarnan los contrarios y su fusión[4]
El citado número de la Revista Iberoamericana, dirigida por Alfredo A. Roggiano, constituyó un monográfico dedicado a Octavio Paz y en él aparecen colaboraciones, además de Sucre, de Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Ramón Xirau, José Emilio Pacheco y otros autores.
Polarización de opuestos en relación con el mito del eterno retorno:
En «La fijeza y el vértigo» Sucre afirma que la poesía de Paz es movimiento que en «Piedra de Sol» se materializa mediante una «polarización de opuestos» resuelta «al final como un ciclo o, más bien, como la imagen del eterno retorno». La dualidad del universo (polarización de opuestos en el poema), como he comentado antes, viene representada para los aztecas por Venus y por una de sus reencarnaciones, el dios Quetzalcóatl, que presentaba múltiples dualidades, por ejemplo en el plano cosmológico sería tierra y cielo, mundo subterráneo y mundo celeste; pero igualmente representaba dualidades de carácter mítico, histórico, etc.
El mito y una concepción existencial se entrelazan en este poema cuya estructura está en movimiento para sustentar un complejo metafórico que va transformándose a lo largo del mismo y una metamorfosis continua de imágenes. Movimiento expresado en los elementos formales que se materializa conceptualmente en un tiempo que avanza y vuelve y es eterno; es decir, transcurre de forma infinita pero cíclicamente, y lo hace entre polos opuestos. De esta manera, según Guillermo Sucre, en «Piedra de Sol», «el tiempo es algo más que historia, es encarnación del tiempo mismo» y «las dualidades del mito se inscriben en una concepción del eterno retorno. Ni sucesión ni inmovilidad, el tiempo es cíclico, se repite como un instante pleno que se revela cada vez como presencia»[5].
La fijeza, para Guillermo Sucre, viene dada en el plano formal del poema por la utilización del endecasílabo como soporte métrico, por el número de versos (584) que se corresponde, como he indicado antes, con el número de días de la revolución sinódica de Venus según el calendario azteca y, por otra parte, por el carácter cíclico de su estructura que se corresponde con el mito del eterno retorno («la continua renovación del mundo y de la vida a través de la repetición de la cosmogonía»)[6].
El vértigo, para Sucre, se produce en el poema como consecuencia del «flujo libre de la conciencia (reflexión y pasión a un tiempo)», y por toda una sucesión de imágenes en continua transformación. En ese movimiento formal y conceptual del poema el sujeto poético inicia una búsqueda que parte de la naturaleza al principio del mismo y prosigue en el hombre, que «va por el mundo como por el cuerpo de la mujer», porque naturaleza y mujer son lo mismo. Se trata de una búsqueda de la experiencia de plenitud, que no es estática porque decae y vuelve a emerger.
El amor, la reconciliación de los contrarios, la presencia y la búsqueda:
Uno de los temas centrales de «Piedra de Sol» es precisamente el amor, entendido aquí como fusión de los opuestos y como salvación; lo que para Guillermo Sucre en el ensayo citado consiste, tal como Paz igualmente lo concebía, en «instante eléctrico en el que la pareja enlazada (“en Madrid, 1937”) arrebata a la muerte y a la destrucción“ nuestra porción eterna,/nuestra ración de tiempo y paraíso”»[7].En la «Nota Introductoria a la publicación del poema “Piedra de Sol”», escrita por Ramón Xirauy fechada en 2008, afirma este que:
aun cuando Paz sea un poeta de la soledad, no se queda en un mundo aislado y solitario como sus inmediatos antecesores, sino que busca constantemente la comunión, la comunidad, en cuatro experiencias fundamentales: la del amor, la de la imagen poética, la de lo sagrado y la de la presencia[8].
Por tanto, estamos ante un poeta que busca en su poesía el encuentro con los otros, la otredad que conforma junto con el yo el nosotros. Esta concepción se percibe en «Piedra de Sol» a través de la reconciliación de los contrarios manifestada mediante el amor. El amor se sitúa, por tanto, en primer plano como vía de unificación y de comunicación. Inicialmente se manifiesta en el texto como un amor puro y mítico que se concreta en nombres de mujeres con un carácter simbólico: Melusina, Laura, Isabel, Perséfona, María.
En la sexualidad y el acto amoroso se encuentra la eternidad y el amor es concebido como una forma de salvación ante las realidades más desgarradoras porque «es unión de los opuestos»[9] y lo que da sentido a la vida. Cita Ramón Xirau un texto de Octavio Paz incluido en Las peras del olmo: «Creo que los poetas de todos los tiempos han afirmado lo mismo: el deseo es un testimonio de nuestra condición desgarrada; asimismo, es una tentativa por recobrar nuestra mitad perdida. Y el amor, como la imagen poética, es un instante de reconciliación de los contrarios»[10].
De esta forma, ese devenir aislado del ser humano deja de serlo porque su soledad es desplazada por un vivir en comunión con la otredad y mediante el amor con la otra mitad. Según Xirau, en Conjunciones y disyunciones el poeta mexicano afirmó la necesidad de vivir el presente y el amor y, por tanto, «la presencia amada»[11] como vía de salvación para la humanidad.
La idea de ‘presencia’ se reproduce constantemente en el poema. En el artículo de Luis Gustavo Meléndez Guerrero titulado «Algunas consideraciones teológicas en torno al poema “Piedra de sol” de Octavio Paz» y publicado en 2018 en «Teoliteraria (Revista de Literatura y Teología)», Edit. Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo de Brasil, manifiesta que:
la presencia divina en un sentido plural: la falda de serpientes de la diosa Coatlicue; la tensión entre la vida y la muerte que pactan en la figura de Kali, señora de la noche; Venus, estrella matutina y vespertina; María, la madre del Dios encarnado. Sin embargo, más allá de estas imágenes, está la presencia del tú en la figura femenina, la presencia del Otro, del tú encarnado en la figura femenina[12].
Asimismo, se produce en el poema una identificación entre mundo y cuerpo amado: «voy por tu cuerpo como por el mundo». La desnudez del cuerpo lo hace libre; lo que Meléndez Guerrero expresa como invitación «a la libertad del deseo que no encorseta sino que libera», al tiempo que evoca una geografía: un río, un bosque, un sendero en la montaña que recorre. Un camino que implica búsqueda que se concreta como posible «búsqueda de sí mismo en el Otro»[13]. En este sentido, dice el citado autor:
El mapa que nos ha trazado hasta ahora Octavio Paz semeja una ruta esculpida en la piedra angular que sostiene la memoria histórica del mundo y de nuestro ser en el mundo. El poema sugiere que la búsqueda no puede darse en soledad, pero también advierte la dificultad de entrar en relación con el Otro[14]
En esa búsqueda del otro a través del amor, no exenta de dificultades, aparecen en el poema esos nombres de mujeres que pertenecen a la tradición mitológica e incluso al cristianismo:
Melusina, la mujer condenada a llevar un día a la semana la cola de serpiente, y de cuyo vientre nacen hijos deformes; Perséfone, la mujer raptada por Hades, cuya presencia favorece la calidez del verano, y su ausencia provoca la frialdad del invierno. El listado de nombres continúa como intento por lograr evocar la presencia al decir el nombre: Laura (musa de Petrarca), Isabel (inspiración de Garcilaso), María (la madre virgen del cristianismo); sin embargo, ha olvidado el nombre: «he olvidado tu nombre»[15]
La mujer representa a la otredad. En realidad, esa búsqueda de la otredad es de sí mismo y del sentido de la vida que pretende comprender. Por ello dirá Octavio Paz en el poema que «todos los nombres son un solo nombre».Se identifica así la totalidad y la unidad, lo que es expresado por Meléndez Guerrero en el citado texto de la siguiente forma: «el todo en el uno, el uno en el todo, esta unidad omniabarcante se adentra en la circularidad del tiempo».
En relación con ello, Octavio Paz distingue en el poema entre instante y tiempo. El cronos constituye una forma de medida, un encontrarse impelido en mitad de una vorágine que destruye el propio sentido de la vida y de la historia. Sin embargo, esta no solo es una suma de hechos acaecidos en fechas determinadas, sino que dentro de ella es posible la existencia del sujeto. En cambio, el instante es esa fracción de tiempo o momento en el que se produce una revelación de algo o de alguien concretada en segundos de intensidad dentro del transcurrir de la vida. En ese tránsito del tiempo entiende Octavio Paz la soledad del yo.
Consciente de su finitud y de la muerte como inherente a la condición del ser humano surge la búsqueda, no exenta de dificultades, hasta el encuentro con unos labios que hace que todo cambie: «el mundo nace cuando dos se besan». De esta forma, el beso es encuentro y «El amor es lo único que nos redime, la reconciliación con la otredad se torna experiencia de lo sagrado»[16]. Por ello expresa Paz que «El mundo cambia si dos se miran y se reconocen», a pesar de las dificultades que encuentra el amor. A tenor de lo que la historia nos enseña, el reconocimiento del otro ante el yo es camino de reencuentro y de unión de los afectos.
Surrealismo:
Por otro lado, cabe resaltar en el poema la afluencia considerable de imágenes surrealistas procedentes de una imaginación desbordante y en total libertad. El poeta y ensayista Víctor Manuel Mendiola publicó en el año 2011 un estudio titulado «El surrealismo de Piedra de Sol, entre peras y manzanas» que fue reseñado ese mismo año por el escritor mexicano José Emilio Pacheco bajo el título «En torno a Piedra de Sol». En esta reseña pone de manifiesto cómo Mendiola concibe que el poema de Octavio Paz es surrealista como consecuencia de la libertad de la imaginación con la que fue escrito, siendo además el tipo de verso empleado el endecasílabo, un metro clásico en la poesía española que está dotado de un ritmo próximo al lenguaje conversacional.
Además, señala José Emilio Pacheco que Paz lo utiliza en este poema de forma novedosa «capaz de reconquistar terrenos que el verso había cedido a la narrativa y el ensayo en el XVIII y el XIX, los grandes siglos de la prosa»[17]. El surrealismo en «Piedra de Sol» se manifiesta, como he indicado, mediante una gran sucesión de imágenes evocadoras expresadas con enorme fluidez como ejercicio libre de la imaginación y con apariencia de haber surgido de manera impulsiva y espontánea.
Sin embargo, en la reseña de José Emilio Pacheco resalta este que Mendiola conjetura acerca del tiempo empleado por Paz para escribirlo, y llega a la conclusión que, pese a que por su fluidez parezca compuesto en un solo impulso, fruto de lo que conocemos como inspiración, realmente la complejidad del poema, su estructura y todo ese entramado de imágenes y referencias que lo sustentan dan lugar a inferir todo lo contrario, es decir, que probablemente fuera el resultado de una elaboración calculada de meses o incluso de años. Por otra parte, cuenta Mendiola que lo que se vino a llamar «la batalla del surrealismo» en la fecha en la que se publicó «Piedra de Sol» «era en realidad la guerra contra Octavio Paz»[18]. Los prejuicios existentes en torno a la figura del poeta mexicano son expresados por Pacheco de la siguiente forma:
El poeta había regresado en 1954 a un México muy distinto del que lo vio partir en 1943. Había el natural resentimiento contra el joven que oscureció a todos los poetas de su edad, contra el privilegiado que se ha ido diez años a París. Dominaba la creencia de que el servicio diplomático era una canonjía propicia a la escritura, la lectura y el trato con celebridades extranjeras. La correspondencia de Reyes por una parte y la de Paz por otra, muestra la vida diplomática como todo lo contrario: una sucesión interminable de quebrantos en medio de la penuria económica y el mobbing oficinesco.
La guerra literaria tuvo sus dos principales baluartes en las revistas Estaciones y Metáfora. A ellas habría que añadir algo que Mendiola no pudo conocer por su edad: las secciones en diarios de toda la república que revivían varias veces por semana la escuela crítica decimonónica de Valbuena y Pimentel[19].
La consecuencia de ello fue que la obra de Octavio Paz fue inicialmente silenciada en su país. Sin embargo, gracias a «Piedra de Sol», una jovencísima y nueva generación que publicaba en la revista «Estaciones» permitió un giro de la perspectiva anterior hacia una manifiesta defensa del poeta.
Sublimidad:
Son numerosos y muy variados los ensayos escritos en torno al poema «Piedra de Sol». Uno de ellos a destacar por la perspectiva que ofrece es el realizado por la investigadora española de la Universidad de Extremadura, Victoria Pineda, publicado en el año 2020 en el número 02 del volumen 10 de la revista Rétor, de la Asociación Argentina de Retórica (AAR).
En él, Pineda incluye una cita sobre «Piedra de Sol» del uruguayo Hugo J. Verani, uno de los más destacados críticos de la literatura hispanoamericana y de los que más ha profundizado en la obra de Octavio Paz, en la que dice que el poema constituye «uno de los centros de gravedad de la poesía hispánica»[20]. Para Victoria Pineda los numerosos estudios realizados sobre el mismo ha contribuido a su canonización, habida cuenta de la diversidad de aspectos abordados en lo concerniente a la forma (estilo, ritmo, etc.), a los temas y a lo «poetológico» en general, enumerando los siguientes:
la circularidad, el instante, la temporalidad, la universalidad, el erotismo, la feminidad, la divinidad, el mito, el caminar, las notas autobiográficas, los detalles históricos, los componentes románticos, las reminiscencias surrealistas, la combinación de las tradiciones culturales, prehispánica y europea, las estructuras métricas y rítmicas, los rasgos ecfrásticos, las imágenes y metáforas…[21]
La perspectiva del ensayo de Pineda consiste en poner el foco de atención en la sublimidad de «Piedra de Sol». Lo sublime se manifiesta en el poema tanto en la forma como en los temas, las imágenes, la configuración del mismo y toda una serie de elementos que se analizan por la autora. Tomando como guía el citado ensayo y en conexión con mi punto de vista, relaciono los elementos y aspectos más relevantes que le otorgan sublimidad.
Por una parte, la propia inspiración que dio lugar a su gestación ya lo acerca a lo sublime porque, como el propio Paz dice en El arco y la lira: «Lo sagrado es el sentimiento original, del que se desprenden lo sublime y lo poético […] [E]n lo sublime hay siempre un temblor, un malestar, un pasmo y ahogo»[22], y ese sentimiento original sagrado es precisamente el origen de la inspiración. Como manifiesta Pineda, «Esta experiencia de lo sagrado se extiende, dice Paz, al amor y la sexualidad y a la creación poética».
En «Estrella de tres puntas: André Bretón y el surrealismo», texto que se incluyó en Las peras del olmo en 1957, el mismo año en que se publicó «Piedra de Sol», Octavio Paz dijo: «Las experiencias poética y amorosa nos abren las puertas de un instante eléctrico». Para Pineda la inspiración y el asombro en la génesis del poema de Paz están muy relacionados con la sublimidad del mismo y sobre esta cualidad cita a Longino cuando afirma que: «El lenguaje sublime conduce a los que lo escuchan no a la persuasión, sino al éxtasis»[23]. Esa es la impresión que nos deja el acercamiento a este inmenso poema que es «Piedra de Sol»: un éxtasis que se deduce producido en el momento de su creación por parte de su autor, pero, como apuntaba Longino, también un éxtasis que se desprende de su lectura posterior.
Señala Victoria Pineda otros elementos que confieren a «Piedra de Sol» un carácter sublime. Siguiendo su línea argumental, y en conjunción con mi punto de vista, destaco los siguientes:
- La circularidad del mismo, ya comentada con anterioridad, que se materializa fundamentalmente en que los versos que inician el poema son los mismos que lo cierran. Con esa circularidad se llega a una idea ilimitada del tiempo, una infinitud que nos lleva a lo sublime. Asimismo, el carácter cíclico se va reproduciendo a lo largo del poema, tanto en las emociones expresadas como en el plano formal.
- La riqueza de imágenes que configuran esta obra. Para Paz «en la imagen está el principio creador de la poesía». En «Piedra de Sol» esas imágenes, en palabras de Victoria Pineda, se nutren de «la mitología, de la historia, de la vivencia personal, de la experiencia onírica y, por supuesto, de la tradición literaria». Aparece una sucesión de imágenes, a veces repetidas o caóticas, producto de una deslumbrante imaginación: los árboles, el río, el agua, la montaña, la mujer, el erotismo, el amor, los espacios, la piedra, etc.
- Relacionando el poema con las ideas de Burke sobre la sublimidad, Pineda cita como origen de la misma las privaciones («lo vacío, lo oscuro, lo solitario, lo silencioso»). Pero también, frente a la oscuridad se encuentra la luz procedente de lo femenino o de lo divino.
- Las percepciones sensoriales como los sonidos agradables o tormentosos.
- «El dolor, la fatiga, la angustia, el tormento» (siguiendo la concepción de Burke)[24], cuyas expresiones se vinculan igualmente a lo sublime en tanto que son fuente de elevación para el lector o lectora.
- «Lo confuso, lo desordenado, lo difícil»: la extensión de «Piedra de Sol» da juego a que sea más factible la existencia de distintos niveles de significación en el poema que aparecen a través de esa exuberancia de imágenes y de metáforas a veces incomprensibles y aparentemente desordenadas. Ello conduce a «la sorpresa y la recurrencia», en palabras de Octavio Paz[25]. Para Pineda la abundancia, en cuanto al número de versos y de imágenes, y la sorpresa (lo inesperado) producen sublimidad.
- Sin lugar a dudas, una de las fuentes de sublimidad de «Piedra de Sol» se encuentra en el tema amoroso materializado a través de la sexualidad y la elevación de la figura femenina. Para Pineda «el amor participa de lo sagrado a través de la experiencia sexual» y al respecto cita a Octavio Paz cuando dice:
la sexualidad se manifiesta en la experiencia de lo sagrado con terrible potencia; y este en la vida erótica: todo amor es una revelación, un sacudimiento que hace temblar los cimientos del yo y nos lleva a proferir palabras que no son muy distintas de las que emplea el místico[26]
Ese «deslumbramiento» o «instante eléctrico», en palabras de Octavio Paz, está en estrecha vinculación con lo sublime.
El ritmo:
Otro de los aspectos fundamentales que cabe destacar en «Piedra de Sol» es el ritmo, mediante el cual el poema cobra una mayor dimensión expresiva y semántica. Para Octavio Paz el ritmo es esencial en la poesía, y así lo hizo constar en El arco y la lira donde dice que «el ritmo es condición del poema»[27], y donde afirma que «El ritmo no solamente es el elemento más antiguo y permanente del lenguaje, sino que no es difícil que sea anterior al habla misma», y es «repetición creadora». Por ello se preocupa por cuidar este elemento en su obra poética.
Pero ¿cómo consigue Octavio Paz el ritmo en «Piedra de Sol» y qué intencionalidad conlleva? En un primer acercamiento, sabemos que el ritmo se fundamenta a priori en una sucesión de sonidos marcados por pausas, es un tiempo dividido en periodos con un compás, de manera similar al ritmo de la música. De los mecanismos utilizados por el autor mexicano para conseguirlo podemos resaltar los siguientes:
- La utilización del endecasílabo como tipo de verso único en todo el extenso poema, quinientos ochenta y cuatro endecasílabos blancos, constituyendo en palabras de María Andueza un «bloque uniforme, denso corpus homogéneo y compacto, como si quisiera reflejar con esta serie de versos de once sílabas, poema de versos sueltos o blancos, carentes de rima, la solidez maciza y sobrecogedora de la Piedra del sol»[28], refiriéndose la autora al monolito azteca. De esta forma la métrica guarda una estrecha relación con el significado y el sentido del poema. Para Andueza, los versos «los ha relevado de la combinación estrófica (son endecasílabos sueltos, no combinan sus rimas para formar estrofas, poema no estrófico), con lo que Octavio Paz deja libres a sus versos del excesivo mecanismo del ritmo métrico», lo que le lleva a trabajar con más intensidad el endecasílabo y a buscar la cadencia musical del poema mediante otros recursos que cito a continuación.
- El ritmo acentual: el acento fijo a lo largo de todo el poema en la décima sílaba de los versos endecasílabos que constituye un eje a partir del cual se determinan los demás acentos. En las nueve sílabas anteriores se produce una variedad acentual buscando una cadencia melódica. Asimismo, destacan los acentos en sexta y octava sílabas (ritmo yámbico), pero igualmente acentos en sílabas impares (ritmo troqueo), y acentos extrarrítmicos y antirrítmicos.
- Ausencia de puntos, de tal manera que las estrofas comienzan en minúsculas y además permite una pausa entre ellas que no suprime la continuidad de la cadencia rítmica del poema. Las pausas que se producen en él marcan asimismo un tiempo rítmico.
- La reiteración: por ejemplo, en las expresiones comparativas con el vocablo ‘como’, en estructuras gramaticales con paralelismos, en la enumeración de sustantivos con la utilización del asíndeton que se repiten en distintos versos o en el uso de la anáfora, entre otros recursos que imprimen un ritmo al poema.
- En el plano semántico, fondo y forma están indisolublemente unidos, y así lo entendía Octavio Paz para el que «El ritmo es sentido y dice algo. Así, su contenido verbal e ideológico no es separable. Aquello que dicen las palabras del poeta ya está diciéndolo el ritmo en que se apoyan estas palabras. Y más: esas palabras surgen mentalmente del ritmo como la flor del tallo.»[29] De ahí la importancia que le otorga a los sonidos de las palabras en el poema, pero también a la aparición de una gran afluencia de metáforas e imágenes surrealistas enriquecedoras que intensifican el ritmo del mismo y viceversa.
- Cabe resaltar el recurso rítmico peculiar en este poema consistente en que los seis primeros versos sean los mismos que los seis versos últimos, que además acaban con dos puntos, sugiriendo de esta forma una continuidad, al tiempo que se manifiesta la circularidad antes ya mencionada. Es, como ya se ha indicado con anterioridad, el eterno retorno, que en «Piedra de Sol» constituye una característica clave en la que la unión del ritmo y el sentido del poema defendido por Octavio Paz se materializa. Consiste en esa vuelta continua e infinita del tiempo y del cosmos, de los días y las noches, de comenzar, terminar y de nuevo comenzar como forma circular que define la vida y la historia, ese ciclo que no acaba porque vuelve al principio. En palabras de María Andueza, «parecen ser la médula del pensamiento poético de Octavio Paz en el poema, a la vez que parece reflejarse él mismo en el espejo de ese tiempo circular». En «Piedra de Sol» se manifiesta el tiempo irreversible, imparable y fugaz que avanza, no obstante, de forma rítmica en una espiral que no acaba nunca, con una circularidad temporal que se corresponde con la reflejada en el monolito azteca metaforizado en el poema.
Conclusión:
«Piedra de Sol» es uno de los poemas de mayor trascendencia en lengua hispana del siglo XX escrito por un poeta de máxima relevancia en la literatura universal. En él Octavio Paz expresa una visión sobre la existencia humana con un mensaje del que se desprenden aspectos filosóficos que se imbrican con lo sagrado y que giran en torno a la vida y al tiempo, a la historia y al universo. La angustia existencial del hombre y su soledad aparecen de forma reiterada y cíclica a lo largo de sus versos, de la misma manera que lo hace el dolor por los horrores del mundo como la guerra, la crueldad, los crímenes y el enfrentamiento entre iguales.
El concepto fundamental que se expresa en este extenso poema de 584 versos endecasílabos blancos es el carácter cíclico que rige la existencia y el tiempo, pero también la importancia del instante en el que la infinitud se materializa a través del amor como vía de salvación para el hombre (entendido como sujeto poético masculino y como ser humano). Una infinitud que avanza de forma cíclica. El encuentro con la otredad es metaforizado en la figura femenina, expresada inicialmente como símbolo perteneciente a la tradición mitológica y religiosa, para posteriormente constituir presencia física y real, cuerpo que el hombre recorre como una geografía, un camino de encuentro mediante el amor y la sexualidad que lleva al éxtasis donde el todo y la unidad se confunden.
La angustia vital y el carácter cíclico del tiempo y de la existencia, la mujer y el mundo, y el amor como vía de conciliación con la otredad y de salvación del hombre y de la humanidad, conforman las líneas generales de este monumental poema que es «Piedra de Sol». Todo ello formulado mediante una exuberante expresividad y una imaginación que conducen a lo sublime para decir aquello que es indecible. Con ello el poeta mexicano se sumerge en la indagación del lenguaje poético para buscar el sentido de la vida, porque como el mismo Octavio Paz expresó en El arco y la lira: «Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad». Una realidad que se concreta en el poema como una experiencia poética en libertad que busca constantemente la esencialidad del ser humano.
[1] MELÉNDEZ GUERRERO, LUIS GUSTAVO (2018): «Algunas consideraciones teológicas en torno al poema “Piedra de sol” de Octavio Paz». En Teoliterária (Revista de Literatura y Teología). Edit. Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo. Brasil. vol. 8, número 16, p. 249.
[2] XIRAU, R. (2008): «Nota Introductoria a la publicación del poema “Piedra de sol”». México. Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura, p. 3.
[3]PAZ, OCTAVIO: Consultado en: https://es.wikipedia.org/wiki/Piedra_de_sol_(poema)
[4] SUCRE, Guillermo (1971): “La fijeza y el vértigo”. En Revista Iberoamericana, Órgano del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Publicada por la Universidad de Pittsburgh. Número 74.
Consultado en la web ZONAPAZ: https://zonaoctaviopaz.com/
[5]Ib.
[6]Ib.
[7]Ib.
[8] XIRAU, R. (2008): «Nota Introductoria a la publicación del poema “Piedra de sol”». México. Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura, p. 3.
[9]Ib. (p. 4)
[10]Id.
[11]Id.
[12] MELÉNDEZ GUERRERO, LUIS GUSTAVO (2018): «Algunas consideraciones teológicas en torno al poema “Piedra de sol” de Octavio Paz». En Teoliterária (Revista de Literatura y Teología). Edit. Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo. Brasil. vol. 8, número 16, p. 251.
[13]Op. cit., p. 253
[14]Ib., p. 254
[15]Ib., p. 255
[16]XIRAU, R. (2007): “Notas a Piedra de Sol”. Octavio Paz. Piedra de Sol. Edición con-memorativa. Ed. Hugo Verani. México: Fondo de Cultura Económica, p. 26. Apud MELÉNDEZ GUERRERO, LUIS GUSTAVO (2018): «Algunas consideraciones teológicas en torno al poema “Piedra de sol” de Octavio Paz». En Teoliterária (Revista de Literatura y Teología). Edit. Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo. Brasil. vol. 8, número 16, p. 259.
[17] PACHECO, JOSÉ EMILIO (2011): «En torno a Piedra de Sol», en Círculo de Poesía. Recuperado de: https://circulodepoesia.com/2011/11/en-torno-a-piedra-de-sol-por-jose-emilio-pacheco/
[18]Id.
[19]Id.
[20] VERANI, HUGO J. (2013): Octavio Paz: el poema como caminata. México: Fondo de Cultura Económica. Apud PINEDA, VICTORIA ( 2020): “Lo sublime en “Piedra de Sol”. Asociación Argentina de Retórica, revista Rétor, volumen 10, número 2, p. 166. Recuperado desde: https://www.aaretorica.org/revista/index.php/retor/article/view/35/29
[21]PINEDA, VICTORIA (2020): «Lo sublime en “Piedra de Sol”». Asociación Argentina de Retórica, revista Rétor, volumen 10, número 2, p. 166. Recuperado desde: https://www.aaretorica.org/revista/index.php/retor/article/view/35/29
[22]Ib., p. 171.
[23]Ib, p. 172.
[24]Ib., p. 182.
[25]PAZ, Octavio (1986): «Contar y cantar: sobre el poema extenso», en Vuelta, vol. 115, p. 12. Apud PINEDA, VICTORIA, op. cit., p. 184.
[26]PINEDA VICTORIA: Ib., p. 185
[27] PAZ, OCTAVIO (1973): «Verso y prosa», en El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica, México, p. 68. Apud: ANDUEZA, MARÍA: «Ritmo y vuelta en “Piedra de Sol”», de Octavio Paz. junio de 1997. Publicado en «Cultura UNAM», Revista de la Universidad de México, p. 20. Recuperado desde: https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/2400ba70-0056-4588-9b58-db88b673500e/ritmo-y-vuelta-en-piedra-de-sol-de-octavio-paz
[28] ANDUEZA, MARÍA: «Ritmo y vuelta en “Piedra de Sol”», de Octavio Paz. junio de 1997. Publicado en «Cultura UNAM», Revista de la Universidad de México, p. 21. Recuperado desde: https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/2400ba70-0056-4588-9b58-db88b673500e/ritmo-y-vuelta-en-piedra-de-sol-de-octavio-paz
[29] PAZ, OCTAVIO: Op. cit., p. 58


















