Una mujer camina por la ciudad antigua: “Mi infancia son recuerdos de calles de Sevilla, / de quietas barreduelas, de patios muy callados, / de luces que se cruzan con siglos y futuros/ donde el tiempo navega sin destino ni pausa”. Es el autorretrato de una poeta que se describía asomándose ya a su centenario y que recordaba los sueños limpios y claros de su vida. Julia Uceda (Sevilla, 1925 – Ferrol, 2024) celebraba la fiesta de la vida con su escritura en marcha, como demostró con sus libros. Una obra que es una catedral lírica gestada a lo largo de una larga e intensa biografía cuajada de vivencias, de memoria y de incansable asombro literario.
Julia Uceda fue una mujer audaz que en los tiempos oscuros se atrevió a nadar a contracorriente, aunque dentro de una biografía discreta y silenciosa. Una vida que ahora contemplada en la distancia sorprende por la cantidad de giros y de valentías. Nació en Sevilla, impartió clases de literatura en Estados Unidos y en Irlanda y finalmente se estableció en Galicia, en El Ferrol, donde tuvo su casa, su memoria, su patria.
La escritora nació el 21 de octubre de 1925 en la calle Viriato de Sevilla, en la casa de su abuela. En el mapa emocional de la escritora hay otras casas familiares que componen una extraña y lejana memoria: Armenta número 4, la calle Pérez Galdós, un chalet en el barrio de Heliópolis, y el número 10 de la calle Farnesio en el barrio de Santa Cruz. La cartografía biográfica de Julia Uceda es el plano de una ciudad introspectiva, metafórica, llena de miradas interiores. Una ciudad que vaga dentro de un sueño de la memoria, en una niebla azul e imaginaria.
En 2025 se conmemora su centenario y un año antes, se publicó su Poesía completa, en la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara, un libro que parecía ya dispuesto para la posteridad, porque Uceda es hoy una de las voces mayores de nuestra lírica. Una autora que se incorpora con absoluta naturalidad a la estirpe de sus paisanos: Bécquer, los Machado, Cernuda…
Julia Uceda fue académica de honor de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Un reconocimiento al que se unen otros tantos surgidos a raíz del oportuno rescate que su antiguo alumno el poeta y profesor Jacobo Cortines hizo en el año 2002 con la reedición de su poesía en En el viento, hacia el mar (1959-2002), con el que inauguraba la serie Maior de la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara. Allí se recogían los siete libros de Julia Uceda publicados hasta esa fecha. Ya entonces Jacobo Cortines hablaba de la sorpresa que le causó a la poeta que no la hubieran olvidado en su ciudad natal porque le resultaba extraño que al cabo de tantos años alguien se acordase de ella desde Sevilla. Con ese libro obtuvo el Premio Nacional de Poesía (2003). Era la primera vez que una mujer conseguía este galardón en la democracia española.
Julia Uceda es hoy una voz poética indispensable, a pesar de su ausencia en algunas nóminas ‘oficiales’, que tantas veces tergiversan y manipulan la historia literaria. Pero ahí están sus poemas interrogándonos desde el fondo de la memoria, llenos de sueños, rebeldía e ironías líricas.
De su infancia sevillana, Julia Uceda recuerda una pregunta, un interrogante, algo que siempre caracteriza a sus poemas: la búsqueda, la duda, un inventario de incertidumbres. Lo desvela en el poema Kairós de su libro Escritos en la corteza de los árboles (2013). Se trata de un texto inspirado en un recuerdo de la infancia, cuando ve que aparecen nuevos hermanos en su casa, pero no sabe de dónde vienen. Así que la niña, con los ojos ya curiosos de la poeta, pregunta: “¿Dónde estaba yo antes de estar aquí?”. La propia Julia Uceda lo desveló años más tarde en su texto autobiográfico ¿Somos quienes quisimos ser?: “Nunca he tenido curiosidad por el futuro sino por el pasado del que parecemos haber brotado sin raíces”.
Julia Uceda estudia el Bachillerato en el Instituto Murillo, el primero femenino de Sevilla, y después realiza estudios universitarios en Filosofía y Letras. Su tesis doctoral se titula José Luis Hidalgo: su vida y su obra y la dirige Francisco López Estrada, con quien trabaja como profesora ayudante en el Seminario de la Cátedra de Lengua y Literatura.
Según contaban algunos de sus alumnos, como el propio Jacobo Cortines, sus clases prácticas de Literatura Españolaen los primeros años sesenta eran fabulosas conversaciones que podían girar durante una hora sobre un verso de Góngora como aquel de Soledades: “… mariposa en cenizas desatada”. También sobre una frase del Buscón de Quevedo o la afición al vino del niño Lázaro de Tormes. Era una experta cirujana que diseccionaba la poesía en una asombrosa lección de anatomía literaria.
Julia Uceda pertenece a la generación sevillana del cincuenta y tantos formada por Manuel García Viñó, Pío Gómez Nisa, María de los Reyes Fuentes, Aquilino Duque, Manuel Mantero o José María Requena. Un grupo poético que hizo su aparición oficial en el Ateneo de Sevilla en 1957 y que se reunía en los encuentros del Club La Rábida de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, los recitales de la Facultad de Filosofía y Letras, en el Colegio Mayor Hernando Colón o en las nocturnas charlas de café en el bar Giralda. Un volcán poético -casi secreto y clandestino- que alumbró las penumbras de un tiempo gris.
En el año 2017 el Centro Andaluz de las Letras designó a Julia Uceda como Autora del Año, una iniciativa de impulso a nuestro patrimonio literario desgraciadamente perdida. A raíz de ese reconocimiento se publicó el catálogo Julia Uceda. La mirada interior, coordinado por Jacobo Cortines, en el que varios autores reconstruían la biografía poética de Julia Uceda. La profesora Teresa Navarrete Navarrete rescató las vivencias de la poeta en esa Sevilla de posguerra en la que, sin embargo, seguía vivo el río de la poesía. Uceda participa en revistas como Floresta varia de poesía, Guadalquivir, Aljibe, Poesía. Revista radiofónica, ICLA, Ixbiliah o Rocío, dirigida por Julia Uceda, Manuel Mantero y Ángel Benito. Es en esta publicación donde publica su primer poema Capac.En 1959 aparece su primer libro Mariposa en cenizas (1959) en la editorial Alcaraván.
Hay un momento clave en su biografía como para tantos artistas sevillanos ‘encerrados’ en la Sevilla de la dictadura: un liberador viaje a París en 1959. Así lo describe en su libro: “Alguien dijo: Partir/ Partir. Partir…/ Huir del polvo y de las alas, / de las arañas, de los látigos/ de las palabras, de los puños”.
En Madrid participa en el Instituto de Cultura Hispánica en los actos literarios coordinados por Rafael Montesinos y en la tertulia Los viernes de Ágora, de Concha Lagos. Y así aparece su segundo libro Extraña juventud (1962), accésit del Premio Adonais. Mientras, sigue su vida paralela en la Universidad de Sevilla con un epílogo de desengaño. En 1963 consigue el título de doctora, pero se da cuenta de que siendo una mujer su proyección académica está limitada en aquel tiempo sucio de posguerra.
Sin embargo, la poeta sigue incansable en su ascenso. Aparece el revelador libro Sin mucha esperanza (1966) en la editorial Ágora que podría servir para titular ese momento de su vida. Sin embargo, ella no se hunde y, sin renunciar a su puesto de profesora ayudante, se prepara unas oposiciones a cátedra de Institutos de Enseñanza Media contactando además con las redes del hispanismo estadounidense. Será su salvación académica y existencial.
En 1966 consigue en Estados Unidos un contrato de Visiting Professor en la Michigan State University y luego de Full Professor. “Anduve, anduve, anduve, anduve, hasta llegar al Aeropuerto Kennedy, en Nueva York. En cualquier circunstancia adversa, y lo era todo un ambiente nacional, no hay otra solución que la de ponerse en marcha hacia donde sea”, confesaba sobre el recuerdo de aquella etapa.
Vive en un pequeño apartamento de Cherry Lane en East Leasing e imparte clases de literatura española en la Michigan State University. Así aparece su libro Poemas de Cherry Lane (1968), de espíritu semejante a los Romances de Coral Gables que escribiera Juan Ramón Jiménez en su exilio norteamericano. Julia Uceda desentraña el origen de esa obra, marcada por la reflexión sobre la identidad del desterrado: “El libro recoge poemas relacionados con mi salida de España, así como puntos de vista que insinuaban lo que habría de ser mi poesía posterior”. En Michigan Uceda se encuentra con exiliados como Ramón J. Sender o Antonio Sánchez Barbudo y con los disidentes Rodríguez-Moñino, José Luis López de Aranguren o Dionisio Ridruejo.
Entre 1974 y 1976 se establece en Dublín con su marido el psiquiatra Rafael González Palacios, que había sido compañero en la Universidad de Sevilla. Julia Uceda da clases especiales en el University College de Dublín. El matrimonio vive en Bohernamoe, una pequeña localidad de Ardee, cerca de Dublín, en una casa rodeada de bosques y que determina los paisajes del libro Campanas en Sansueña (1977), cuya escritura se inicia en Estados Unidos. En la obra hay ecos de la mitología celta y se pasea por inquietantes y perturbadoras fronteras entre la realidad y el misterio.
Es el momento del regreso y Julia y Rafael se establecen en Galicia. Son tiempos tan intensos e inciertos como interesantes. Publica el libro de cuentos En elogio de la locura (1980) y el poemario Viejas voces secretas de la noche (1981). Su antiguo alumno Jacobo Cortines desvela la sorpresa que le provocó la lectura de este libro con el que se reencontraba con su profesora: “Su voz poética se había hecho aún más misteriosa, como surgida de la gran noche oscura que es nuestra existencia, tan cantada por los místicos, pero surgida en ella con un lirismo estremecedor desde el silencio del alma”.
En realidad, ese reencuentro entre poeta-alumno y poeta profesora se produjo en 1994 con motivo de la publicación de Del camino de humo por la editorial Renacimiento en 1994 en La Carbonería. Por primera vez una editorial sevillana publicaba un libro de su gran poeta. Todo sucede cuando Cortines se va a vivir a una casa de la calle Armenta, en la antigua judería de San Bartolomé:
“Me vine a vivir a una casa de la calle Armenta, una casa amplia con un jardín de altos muros donde trepaban esas extrañas y olorosas enredaderas, las míticas caracolas lorquianas, y de donde sobresalía la palmera tal vez más alta de Sevilla: la casa precisamente donde Julia vivió hasta que tuvo cinco años y a la que nunca había vuelto, aunque guardaba una enternecedora foto de cuando era muy niña, sentada en el suelo del balcón desde el que se divisa el tronco de la palmera”.
Ese reencuentro provoca una hermosa alianza poética. Jacobo Cortines impulsa el rescate de Julia Uceda con ese libro En el viento, hacia el mar en 2002, que supone el redescubrimiento de una gran poeta. Llegan los reconocimientos: Hija Predilecta de Andalucía (2005), Hija Adoptiva de El Ferrol (2009), la Medalla de Oro al mérito a las Bellas Artes (2016), Académica de Honor de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras o el Premio Internacional Federico García Lorca. Con Zona desconocida (2006) consigue el Premio de la Crítica de Poesía Española. Y luego continuarán las publicaciones porque siempre ha sido una poeta incansable. Llevaba dentro la madurez de la memoria y la experiencia, pero conservaba la curiosidad y el asombro lírico de esa primera pregunta de su infancia. Se suceden los títulos: Hablando con un haya (2010) y Escritos en la corteza de los árboles (2013) donde indaga en conceptos como la desmemoria y la posmemoria.
Esta poeta introspectiva, discreta, callada y extraña que ilumina tantas tinieblas no dejaba de asombrar. Alumbraba nuestros sueños y las zonas de sombra, las fronteras con el sueño, lo incierto, el territorio de lo sonámbulo. Julia Uceda nos descubría el ser y la esencia de su propia poesía en su texto autobiográfico ¿Somos quienes quisimos ser?:
“[La poesía] es oficio complejo: se trata de una memoria especial, Mnemósine, de algo conocido en otra forma de vida y recordado por el alma; es un sexto sentido que trasciende experiencias objetivas que le vienen al poeta de lugares remotos. Quien escriba ‘versos’ suele transitar por una realidad ya nombrada; quien escriba ‘poesía’, o eso crea o intente, es una persona desamparada que no sabe por dónde va ni adónde, ni quién le empuja, ni qué busca, ni cómo encontrar la palabra adecuada para nombrar lo que permanece en el silencio”.
Y remata con el poema Recuerdo perfectamente esos días, que es un autorretrato de estirpe machadiana”: “(…) En las casas partidas por el rayo/ Queda una sombra fresca de velas descorridas/ Y lo que no recuerdo me hace señas lejanas/ Hasta que resuciten cuando doble una esquina”. Julia Uceda escribió los espacios desconocidos, lo que nunca antes se había dicho, un inventario de incertidumbres, las contrasombras del sueño y el tiempo trascendido. El sagrado ejercicio de la memoria poética.



















