Desde la Torre del Oro, vigía del Guadalquivir, hasta la Plaza de España, en pleno corazón del Parque de María Luisa, deambularemos por distintos rincones evocadores de nuestro Premio Nobel de Literatura, como el lugar donde nació, el templo en el que tuvo lugar su bautizo o las calles y jardines que hoy día aún le recuerdan. Aunque marchó de Sevilla con apenas dos años en dirección a Málaga, la Ciudad del Paraíso de su infancia antes de asentarse definitivamente en Madrid, Aleixandre siempre tuvo en alta estima a la ciudad que le vio nacer.
¡Cómo no! Sí nací en Sevilla y en la Puerta de Jerez, en el viejo caserón de la Intendencia, hoy Palacio de Yanduri. Mi abuelo era intendente militar de la región. Soy sevillano injerto también en el Mediterráneo. Como se sabe, transcurrió mi niñez en Málaga. Luego he vuelto muchas veces a mi tierra y siempre que me paseo por las calles sevillanas estoy pisando y sintiendo mi origen
Respuesta de Vicente Aleixandre en 1963 a Joaquín Caro Romero, cuando este le preguntó si se sentía sevillano
¿Cómo era la Sevilla que vio nacer en 1898 a Vicente Aleixandre? No hay mejor lugar para presentar siempre esta ciudad que el antiguo Betis, el río grande o Guadalquivir árabe, la gran arteria navegable otrora solar del gran Puerto de Indias, de ecos literarios con Cervantes o Lope de Vega. La silueta de la Torre del Oro, antigua torre albarrana construida por los almohades en 1226 para defender la ciudad y su río, seguía dominando el puerto fluvial en el año que España perdía sus últimas colonias de Ultramar. Esta fecha marcó el devenir de todo un movimiento cultural regeneracionista que, literariamente, tuvo su reflejo en los poetas y escritores de la Generación del 98.
En aquel año los restos de Gustavo Adolfo Bécquer aún reposaban en Madrid –llegarían a Sevilla en 1913, cuando Luis Cernuda era sólo un niño– y la vida de Antonio Machado transcurría ya en la capital de España, lejos del aquel patio del palacio de Dueñas, de aquel sol de la infancia… Sevilla por entonces se había sumido en una gran crisis económica y su aspecto debía ser el de una ciudad decadente pero romántica, insalubre pero con un atractivo sin igual para poetas y pintores, ruinosa en lo económico pero de una belleza que había cautivado a viajeros románticos y escritores que quedaban deslumbrados por la luz, la pausada vida cotidiana y la vitalidad de las fiestas, el despliegue artístico del pulmón económico de un viejo imperio, la antigua grandeza de su puerto y río, la paz de sus callejas o las sombras de sus jardines.
El paseo propuesto comienza entonces bajo la Torre del Oro, aunque para gozarlo debemos llevar en nuestras manos los numerosos grabados y fotografías que recuerdan cómo era este espacio urbano en 1898. Así, Triana, modesto arrabal ubicado en la margen derecha del Guadalquivir, se mostraba orgullosa en la orilla opuesta de un río que tenía su gran símbolo en el Puente de Isabel II. Obra de la ingeniería francesa de 1850, fue exponente de la fallida revolución industrial de Sevilla, cuando París, el ferrocarril y el hierro marcaban la transformación urbana de la ciudad del XIX. La margen izquierda había visto obras infinitas de un puerto que se modernizaba a costa de la destrucción de las antiguas alamedas dieciochescas de Olavide. También se consolidaba urbanísticamente el Arenal, en siglos cervantinos una amalgama de arenas, delincuencia y riqueza americana, barrio que desde el siglo XVIII está presidido por la deslumbrante plaza de toros de la Real Maestranza.
A finales del siglo XIX, la Torre del Oro emergía entre los frondosos bosquetes del conocido como Salón del Cristina, espacio verde impulsado por el Asistente José Manuel de Arjona entre los años 1828 y 1829. Se trataba de un jardín destinado al reposo y el paseo de la burguesía sevillana de entonces, un vergel conectado mediante un paseo arbolado paralelo al Guadalquivir con otro jardín público, el de las Delicias, este último ubicado hacia el sur de la ciudad.

Litografía del siglo XIX en el que se muestra el antiguo Salón Cristina, flanqueado por la Torre del Oro a la izquierda y el palacio de San Telmo a la derecha. Al fondo, la antigua puerta de la muralla que da nombre a la actual Puerta de Jerez, acceso almohade desaparecido en 1868.
Hoy día, aquel antiguo salón vegetal se encuentra mutilado por edificios construidos para la gran Exposición Iberoamericana de 1929, evento que estará muy presente en nuestro itinerario literario. Poblado de enormes plátanos de sombra y azules jacarandas, constituye un homenaje a nuestros escritores de principios del siglo XX, con paseos y pequeños monolitos dedicados a Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Federico García Lorca, Rafael Alberti…
Junto a estos jardines, se inauguró en 2011 una fuente que lleva por título Memorial de la Generación del 27, obra ideada por el arquitecto Antonio Barrionuevo e inspirada en dos versos emblemáticos firmados por Vicente Aleixandre –“A una muchacha desnuda”– y Jorge Guillén –“Unos amigos”–, unas letras grabadas en la pieza de mármol que envuelve la cascada de agua. Sobre el manantial que brota, una delicada muchacha tendida lee plácidamente y evoca la Musa de la que emana la inspiración poética. Suspendida en el aire, descansa en un dintel en el que se inscribe a modo de frontispicio: “Sevilla a los poetas de la Generación del 27”.

Azulejo que preside el Paseo de Vicente Aleixandre en los actuales Jardines de Cristina, nombre que deriva del antiguo salón del XIX, dedicado en su momento a la esposa de Fernando VII.
La fuente da paso a la famosa plaza de la Puerta de Jerez, que viera nacer a Vicente Aleixandre. El aspecto actual de este espacio urbano es fruto de las grandes transformaciones de la ciudad para la citada Exposición de 1929, con ensanches viarios destinados a conectar en centro histórico mediante la actual Avenida de la Constitución con el recinto expositivo a partir de la nueva plaza de la Puerta de Jerez. Desde 1929 quedará monumentalizada por la Fuente Híspalis, que el paseante puede hoy observar en el centro de un espacio que quedará ennoblecido por notables edificios, como el hotel Alfonso XIII o el palacio Yanduri.
En este último palacio, de nobles trazas afrancesadas, una placa recuerda el lugar en que nació nuestro poeta. Antes de la ordenación urbana de principios del siglo XX, aquí se ubicaba la sede de la Intendencia Militar, en la que vivieron los abuelos maternos del poeta y sus padres, Cirilo Aleixandre Ballester, de origen valenciano y capitán de ingenieros, y su madre, Elvira Merlo García de Pruneda, de origen gallego. Los padres de Vicente Aleixandre contrajeron matrimonio en Madrid en 1894 y posteriormente se trasladaron a Sevilla, donde Cirilo trabajó en la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces. Pese a las transformaciones urbanas de los años veinte, nuestro poeta siempre evocaba el lugar de nacimiento con las siguientes palabras:
Cuando voy a Sevilla y paseo con algunos poetas sevillanos, me gusta darme una vuelta por la Puerta de Jerez y mirar por fuera. Ya casi no se la reconoce, la casa donde nací.
Palabras de Aleixandre en la revista Ixbiliah(1957)

Palacio de Yanduri, edificio afrancesado erigido sobre lo que fue la sede de la Intendencia Militar de la Puerta de Jerez, donde nació Vicente Aleixandre en 1898.
Las calles San Gregorio y Miguel de Mañara conducen al paseante desde el lugar en que naciera Aleixandre hasta las murallas del Alcázar, alzadas en tiempos musulmanes con recios sillares de origen romano, ese material de acarreo que salpica el paisaje monumental de toda Sevilla. Las últimas investigaciones confirman la construcción de esta fortaleza en el siglo XI, cuando Isbiliya se convierte en capital de una de las grandes taifas de al-Ándalus, arrebatando el papel central que hasta el siglo anterior había poseído la ciudad de Córdoba. Las murallas esconden un sinfín de palacios de todas las épocas y estilos, albergando suntuosas estancias almohades, mudéjares, góticas, renacentistas o barrocas. Aún sobrevuelan por los distintos palacios reyes y emperadores como Almutamid, Pedro I, Carlos V, Felipe V o Isabel II; aún allí se recuerda a los navegantes del Nuevo Mundo, a los ilustrados de Olavide, a pintores como Sorolla o a escritores como Joaquín Romero Murube.
Este escritor del 27, nacido en la localidad sevillana de Los Palacios, alcaide del Alcázar de Sevilla durante años, dirigió la revista literaria Mediodía, en la que colaboró Vicente Aleixandre. Murube también impulsó la creación de un gran número de jardines en el recinto palatino, destacando el Jardín de los Poetas, en el que una alberca, un solitario fuste de una columna y la sombra de los cipreses crean nostálgicas escenas. Los jardines siempre despertaron la emoción de Aleixandre, ayudando con sus sombras y frescor a sobrevivir en el calor sevillano. El poeta ensalza así el duro estío en una carta dirigida a María de los Reyes Fuentes:
(…) A mí me gusta el verano de Sevilla, chorreante de significaciones. La ciudad henchida de fuego, parece que, como una flor, se ha condensado en el pétalo último y allí, arrebatada en su color extremo, se despide con la final vibración y luego se inmoviliza. La ciudad se duerme en toda su hipérbole maravillosa de luz, hasta el arrasamiento en el descanso devastador. Sevilla en la siesta de agosto es la Sevilla exasperada en la quietud vibrante y agotadora. Pero no agotada. Bajo la quemazón total, Sevilla se tutea con el fuego (…)
Frente al Alcázar, junto al Archivo de Indias o antigua lonja de mercaderes ordenada construir por Felipe II con herrerianas formas, emerge, orgullosa, la mayor catedral gótica del mundo. Construida entre 1433 y 1506 sobre el solar de la gran mezquita almohade, en este templo bajomedieval se bautizó nuestro poeta el día 28 de abril de 1898. La Magna Hispalensis se corona con el remate renacentista de Hernán Ruíz, terminado en 1568, que completa el “prisma puro de Sevilla” de Gerardo Diego, el perfecto alminar almohade iniciado en 1184 y terminado con la colocación del yamur en 1198.
El Giraldillo, estatua de bronce que oteaba también la ciudad aquel año del nacimiento y bautizo de nuestro poeta, será testigo desde lo más alto de la Giralda de nuestro deambular por placitas y calles siempre recordadas por Aleixandre en sus visitas a Sevilla. Este paseo literario llegará a la antigua judería por el Patio de Banderas, espacio urbano icónico de la capital de Andalucía. Allí nos espera el dédalo de callejas, rincones y placitas que conforma el barrio de Santa Cruz, de trazado musulmán, donde vivieron los judíos sefardíes durante siglos, con sinagogas transformadas posteriormente en iglesias mudéjares y barrocas, poblado de antiguos hospitales y conventos… La familia de Aleixandre no conocería por entonces las obras que a principios del siglo XX transformarían el barrio en la postal de Sevilla bajo las reglas del Regionalismo, estilo arquitectónico dominante en vísperas de la Exposición Iberoamericana de 1929.
Por este barrio de Santa Cruz, el paseante podrá atrapar la esencia de la Sevilla más ensoñada, la más idealizada, y, por qué no, la más teatralizada arquitectónicamente para el turista. Le asaltarán placitas con fuentes y naranjos, calles de imposibles estrecheces, monumentos y casas solariegas, y, por supuesto, patios y jardines. Aún ronda el espíritu de Luis Cernuda, recordado en la calle Judería por sus letras sobre el árbol quizás más poético de la ciudad, el magnolio. También Aleixandre, como Cernuda o Machado, evocará el patio sevillano. Así nos habla de sus visitas a lo que fue su casa natal:
(…) entramos en el zaguán, me apoyo en el quicio, toco la madera de su portón y allí, quieto y sentado, miro la fuente lejana y el juego del agua, en el maravilloso sol que caso siempre hace cuando la visito.
Carta a María de los Reyes Fuentes
Por el Callejón del Agua -¡qué nombre más evocador- el paseante abandonará las antiguas murallas para adentrase en los Jardines de Murillo, en tiempos de Aleixandre ocupados por naranjos y regadíos conocidos como Huerta del Retiro –aún quedan algunos pinos testigos de aquel final de siglo XIX–. El Paseo de Catalina Ribera, ordenado a la francesa por adelfas, sauzgatillos y otras especies mediterráneas, alberga el monumento a Cristóbal Colón, alzado en 1921. Desde este paseo, colindante con los jardines del Alcázar, podemos ver la antigua estación de tren de San Bernardo, hoy con nuevos usos, pero que recuerda el oficio del padre del poeta en aquellos ferrocarriles andaluces. El trazado ferroviario fue desmantelado con motivo de otra exposición sevillana, en este caso la de 1992.

Estación de San Bernardo a finales del siglo XIX. En la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces (CFA), conocida popularmente como «Andaluces», trabajó el padre de Vicente Aleixandre.
El ajardinado Paseo de Catalina Ribera termina en la Plaza de Don Juan de Austria, presidida por la Fuente de las Cuatro Estaciones, actualmente un importante nudo en las comunicaciones sevillanas. En este gran espacio el paseante puede contemplar importantes edificios, como la antigua Fábrica de Tabacos, de estilo barroco del XVIII, hoy Universidad, desde donde resuenan aún ecos de la ópera Carmen. Los cercanos Jardines del Prado, que ocupan el solar de la antigua Feria de Abril –en tiempos de Aleixandre aún una feria de ganado–,nos conducen al destino de nuestro itinerario: el famoso Parque de María Luisa.
Antiguos jardines privados de la familia de los Montpensier, habitantes del Palacio de San Telmo, han sido durante décadas el pulmón verde de la ciudad desde que fueran donados por la infanta María Luisa a finales del siglo XIX. En tiempos de la infancia de Aleixandre aún conservaban el aire romántico que en muchos rincones subsisten, con bosquetes a la inglesa y estanques con apariencia natural.
La decisión de que este recinto verde –ya de carácter público– fuera el solar para la Exposición del 29 provocaría que se encargara a Jean Claude Forestier, paisajista y arquitecto francés, la transformación de los jardines heredados en un gran parque para la ciudad. Así, a la herencia romántica se sumarían los paseos arbolados a la francesa y las escenas vegetales arábigo andaluzas inspiradas en la Alhambra de Granada y el Alcázar de Sevilla.
Al margen del interés botánico, histórico, paisajístico o arquitectónico, este espacio verde muestra una sorpresa al paseante: el Parque de María Luisa es todo un jardín literario, con paseos dedicados a las letras, anaqueles de cerámica para el intercambio y lectura de libros, y numerosas glorietas que nos asaltarán aquí o allá. Así, los hermanos Álvarez Quintero, Miguel de Cervantes, Antonio y Manuel Machado, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, entre otros, tienen su homenaje en el parque, aunque donde el visitante quedará embriagado especialmente es en el monumento dedicado a Gustavo Adolfo Bécquer.
Inaugurado en 1911 y diseñado por el escultor Coullaut Valera, se trata de un banco circular que rodea un enorme ciprés de los pantanos datado de 1850, donde emerge el busto marmóreo del poeta sevillano y tres bellas damas representan el amor pasado, presente y futuro. Dos estatuas de bronce –personificando a Cupido– hablan del amor herido y el amor hiriente. En esta glorieta el paseante no debe olvidar aquellas palabras de Aleixandre que decía que el primer libro que le regaló su abuelo era sobre la obra y poesía de Bécquer… Bécquer, siempre Bécquer.
En nuestro deambular por el parque es inevitable evocar otros espacios urbanos de Sevilla con memoria aleixandrina. Podemos citar algunos ejemplos: la plaza dedicada a Vicente Aleixandre en el cercano barrio de El Porvenir –donde una torre del agua de la antigua Catalana de Gas contempla un monumento dedicado al poeta–, el lugar donde se editaba la vanguardista revista Grecia –en la que colaboró el poeta sevillano en varias ocasiones–, o el nombre de un instituto trianero de Secundaria que tiene el honor de llevar el nombre del escritor de la Puerta de Jerez.
El recorrido termina en la gran obra de Aníbal González, orgullo de la Exposición del 29 y hoy día considerada por muchos como uno de los recintos monumentales más espectaculares y cinematográficos del mundo: la Plaza de España. De carácter semicircular y enmarcada por dos torres de aires barrocos, la plaza se despliega como una enorme galería de trazas renacentistas y decoración mudéjar, en las que materiales tradicionales como el ladrillo, la madera o la cerámica tienen su asiento. Varios puentes, representando los antiguos reinos ibéricos, salvan un estanque semicircular, y numerosos bancos cerámicos dedicados a las provincias de España completan este paisaje monumental emblema de la Exposición de 1929.
El punto final no puede ser otro que el azulejo dedicado a la provincia de Málaga, ciudad en la que Aleixandre pasó su infancia entre los años 1901 y 1909, antes detrasladarse a Madrid. El poeta siempre dijo que “yo soy un malagueño que nació en Sevilla, o un sevillano que se crió en Málaga”. Dejemos mejor que sean sus palabras dedicadas a la Ciudad del Paraíso las que terminen nuestro paseo:
Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria, antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Banco cerámico dedicado a Málaga en la Plaza de España de Sevilla. Destino final de un itinerario literario aleixandrino que empezó junto al Guadalquivir, en la Torre del Oro.



















