POESÍA Y CONOCIMIENTO EN JULIA UCEDA

Fotos de Josefina Martos Peregrín

Este artículo es una invitación a la lectura de la poesía de Julia Uceda a partir de dos poemas en los que medita sobre cómo surge la poesía, es decir, dos metapoemas, asunto característico de su tiempo y de su obra: “Palabras” (Hablando con un haya) y “Pensamiento, forma, sonido” (Escritos en la corteza de los árboles), que además nos permitirán reflexionar sobre relevantes cuestiones relacionadas con “la razón poética” de María Zambrano: los procesos de creación[1], las íntimas relaciones entre el pensamiento y el lenguaje verbal, el lenguaje y la identidad humana o la poesía como aventura cognitiva.

Palabras

No morir en un mundo de silencio,

               me digo.

No morir en un mundo sin palabras,

                 de voz en blanco y negro

o sólo en negro, quietas, titilantes

del fuego de las bocas,

de los aires del corazón sin voz.

               Silencio.

               No:

palabras. No. No las olvides pues te olvidas

de ti.

                Paseé

sobre ellas y eran el bosque, el mundo

              que habitábamos,

la luz que, somos tiempo, revelaba

la última pisada de quien fuera un ángel.

               Recorría con ellas

el pasado, y lo creaban desde la noche, cual si nunca

él hubiera existido porque no son la misma

la luz de la memoria y la que vemos.

                                  A veces

               puedes atar a ti con las palabras

               a quien olvidas luego, aunque más adelante

               su herida te lo traiga

               y entonces lo recuerdes.

Y todo lo que estaba al otro lado

de la memoria y sus enredos mostrará la pureza

que tal vez nunca tuvo: ¿cómo comprobarlo?

Eran diosas del fuego las palabras: llamas

de un mundo que ni alcanzarse puede,

aunque la boca intente

tocarlo con la mano del sonido.

El hielo conservaban las palabras: fuego, hielo

que quisieron helar, quemar y confundir.

Traspasar la palabra: herirla

de todo lo que viva y sea y se disuelva

en el pozo que ya no necesita

sonidos: al lugar al que sólo

la palabra nos lleva nutrida del secreto

de lo que no se dijo todavía[2].

“Traspasar la palabra”: esta podría ser la poética de Julia Uceda: procurar expresar lo que permanece sin haber sido formulado aún. Y que revela una parte de sí y, quizá por analogía con la condición humana del lector, una parte de nosotros. Aquí poetizar y pensar convergen de nuevo. Pensar, al menos para filósofos como Heidegger, no es simplemente asociar palabras, sino antes bien iluminar aspectos inéditos a través de una experiencia del lenguaje, acaso por medio de una combinación imprevisible de signos o símbolos.

Comienza el poema con una anáfora (versos 1 y 3) mediante la que encadena el ritmo: “No morir en un mundo de silencio (…) / No morir en un mundo sin palabras”. La pérdida de las palabras nos condena al silencio, incluso al no ser… ¿Qué somos sin palabras? Si con ellas caminamos a tientas, sin ellas lo hacemos todavía más a oscuras, más desorientados. Aunque la composición del poema no permite distinguir fácilmente de cuántas estrofas se compone –me atrevería a argumentar que de cuatro–, al final de la primera encontramos un indicio para desvelar el secreto.

Tal vez toda poesía requiera en mayor o menor medida ser descifrada, pero la de Julia Uceda especialmente por varias razones íntimamente vinculadas: primero, porque las llamadas “palabras de la tribu” son insuficientes para la poesía como conocimiento; segundo, porque también resultan insuficientes como aventura y exploración del pasado, como ejercicio de introspección; tercero, porque gracias al lenguaje mágico o suprarrealista u onírico, eleva las palabras a símbolos con los que ilumina rincones de la memoria. De ahí el hermetismo, cuidadosamente equilibrado, de la poesía de Julia Uceda.

¿Qué quiere decir con que “No las olvides pues te olvidas / de ti”? Se refiere al significante amo, situado en el título: “Palabras”. No hay identidad humana sin palabras. La identidad está colgada de ellas, depende de ellas, no necesariamente para actuar, aunque a menudo “pensamos” antes de actuar o durante la acción. Si queremos pensar o comunicar quiénes somos no hay otra forma que echar mano de las palabras. Los signos y símbolos disecan el devenir de la naturaleza. Sin las palabras se desvanece el pasado, el presente y el futuro. Heidegger sostendrá que “el lenguaje es la casa del ser”[3]. Antes, en el Tractatus, Wittgenstein declaró en la proposición 5.6: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”[4]. No obstante, entre las obras filosóficas más importantes que se han escrito en las últimas décadas sobre lenguaje e identidad humana mencionaría Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna[5], de Charles Taylor, y Tiempo y narración, de Paul Ricoeur.

En la segunda estrofa se sirve el yo poético de un “lenguaje mágico” o, si se prefiere, onírico o suprarrealista: “Paseé sobre ellas (las palabras) y eran el bosque, / el mundo / que habitábamos, / la luz que, somos tiempo, revelaba / la última pisada de quien fuera un ángel”. Según Julia Uceda, la función mágica del lenguaje, “aparentemente incomprensible e ilógico, es necesaria para que la voz poética exprese algo más. Algo que desborda los bordes de la expresión denotativa”[6]. Y que nos aproxima al misterio de la realidad y de la creación. Este uso de lenguaje onírico es un aspecto de la poesía de esta autora que la emparenta con las denominadas “alucinaciones” de la obra de su admirado José Hierro.

Hacia el final de esta segunda estrofa, escribe Julia Uceda: “porque no son la misma / la luz de la memoria y la que vemos”. Por el contexto podemos deducir que se refiere a que el recuerdo no se corresponde exactamente con lo que pasó, sino antes bien con cómo lo articulamos a la luz de otras palabras que iluminan el pasado de otra manera. Es un asunto que han formulado distintos autores, desde grandes prosistas, como Valle-Inclán o García Márquez, a psiquiatras y escritores, como Carlos Castilla del Pino en sus memorias, Pretérito imperfecto[7] y Casa del olivo.   

Así llegamos a la cuarta y última estrofa, donde la autora emplea algunos oxímoron: “El hielo conservaban las palabras: fuego, hielo / que quisieron helar, quemar y confundir”. Y entonces formula la que tengo para mí que podría considerarse una poética de Julia Uceda: “Traspasar la palabra: herirla de todo lo que viva y sea y se disuelva / en el pozo que ya no necesita / sonidos: al lugar que sólo / la palabra nos lleva nutrida del secreto / de lo que no se dijo todavía”. Concibe la poesía como forma de conocimiento y, en particular, como modo de penetrar en una memoria que todavía no ha sido descubierta y se revela gracias a la razón poética, por servirnos del concepto acuñado por María Zambrano.

PENSAMIENTO, FORMA, SONIDO

            No se formularon

las palabras que necesito: el pensamiento

vaga y se rebela hasta encontrar sus formas

pero no…

Solo puede contemplar el silencio, su manto de espuma,

envolverse en un ya vendrán o

las dirá alguien

algún día. Pero no estaré ni habré dicho

lo que quise decir, pues se quedó enrollado

en su forma de bruma.

Mira las piedras por si ellas…

…y no llegan porque no pertenecen

a idioma alguno todavía, esas

palabras, hasta que algún poeta las encuentre.

¿Por qué el abismo

entre sonido y pensamiento si este

es claro, y en lugar del corazón

y la materia que es

estableció su morada? Si el velo

que lo aísla del sonido es suave,

casi transparente, casi

nada, y cae desde esa misma nube.

Un espacio mortal es el cuadrado

de la ventana

que golpea el visillo sin viento.

Mas no reconoce, el visillo, las palabras ventana

ni cristal, en el que se ha estrellado

una gota de sangre. Y esto dice:

¿qué quiere decir esto? Mientras espera,

oye la voz de Albert Camus,

muerto,

hace cincuenta años y sus palabras

dando vida a la vida que dejó de vivir[8].

He elegido este poema como complemento del anterior. Responde a por qué, para qué escribe la autora. Y, por analogía, cualquier poeta o lector que cultive la poesía como conocimiento, exploración, indagación de sí y de los otros. ¿A qué se refiere con las palabras iniciales (“No se formularon las palabras que necesito”)? El lector se pregunta por qué, y con ello se tiñe de misterio la atmósfera, algo esencial en la obra de Julia Uceda, pues nunca tenemos la sensación de conocerlo todo, al contrario. Son las palabras que anda buscando para que acaso se revele algo que todavía no llega a comprender, a ver.

Poco a poco se va descubriendo, porque como decía María Zambrano mientras balbuceaba la razón poética, “el secreto se revela durante la escritura”[9]: “el pensamiento / vaga y se rebela hasta encontrar sus formas / pero no… / Solo puede contemplar el silencio”. Anunciábamos al comienzo la íntima conexión del pensamiento y el lenguaje. Y de eso se trata aquí: de cómo vaga el pensamiento en busca de la forma adecuada. Me atrevería a decir que existe pensamiento sin lenguaje. La prueba de ello es que diariamente tenemos la experiencia de no encontrar las palabras precisas mientras el pensamiento divaga. Ahora bien, para expresar pensamientos articulados o complejos parece imprescindible recurrir o apoyarse en el lenguaje verbal.

Ya vendrán o las dirá alguien / algún día. / Pero no estaré ni habré dicho / lo que quise decir”. En efecto, se refiere a esas palabras que no acierta a formular. Y a la consiguiente angustia por no llegar a expresarse, pues no llegar a ello equivale a no llegar a ser[10]. Actuar no es sólo mover el cuerpo, actuamos de muy diversas maneras, y por medio de la comunicación, emitiendo y recibiendo mensajes, desempeñamos una función esencial de nuestra vida privada y social.

¿Por qué no llegan esas palabras, por qué resultan tan esquivas? Un poco más adelante lo aclara: “… y no llegan porque no pertenecen / a idioma alguno todavía, esas / palabras, hasta que algún poeta las encuentre”. Esas palabras no pertenecen todavía a la tradición de ninguna lengua, están por ser descifradas o formuladas por un poeta futuro. ¿Será acaso ella quien las descifre? En todo caso, con ese adverbio de tiempo, “todavía”, sugiere que las lenguas se enriquecen y se renuevan gracias a la labor creadora de los poetas.

En el fondo plantea la vida secreta del lenguaje –verbal y, por analogía, de cualquier lenguaje artístico, que requiere de creadores, exploradores–, esa tensión irresoluble entre lo que queremos decir y no acertamos a expresar. Julia Uceda ha declarado que “el trabajo de un poeta oscila entre el conocimiento, algo más complejo que la memoria, y la pericia para organizar las palabras que habrían de dar forma a una idea que nunca fue expresada antes y, por tanto, desconoce”[11].

¿Cuál es el método para ello? Leer dentro de nosotros, la introspección hermenéutica. Según Julia Uceda: “Puede llegarse a ambos extremos leyendo dentro de nosotros mismos, pues todo está en la llamada alma en tanto que depósito de verdades esenciales”[12]. Ese “leyendo dentro de nosotros mismos” nos retrotrae a san Agustín de Hipona y un método decisivo para la epistemología moderna, anclado en la conciencia desde Descartes. Que todo está en el alma, término cada vez más en desuso en ámbitos científicos, es otra idea neoplatónica.

Asimismo, también podemos remontarnos a la Biblia: “La creación, como declara la Biblia, es igualmente un acto de palabra creadora al nombrar lo que no estaba nombrando todavía. En las teogonías anteriores a los dioses, lo que existiera en un estado amorfo o indefinido era el Caos”[13]. Y más recientemente, a Juan Ramón Jiménez: “¡Inteligencia, dame / el nombre exacto, y tuyo, / y suyo, y mío, de las cosas” (1918).

Julia Uceda añade una interpretación personal acorde con el neoplatonismo señalado, distinguiendo entre quienes escriben “versos” y quienes escriben “poesía”:

Busca, el poeta, la palabra exacta, pero la poesía, tenga cuerpo de verso o no, es oficio más complejo: se trata de una memoria especial, Mnemósine, de algo conocido en otra forma de vida y recordado por el alma; en un sexto sentido que trasciende objetivas que le vienen el poeta de lugares remotos. Quien escriba versos suele transitar por una realidad ya nombrada; quien escriba poesía, o eso crea o intente, es una persona desamparada que no sabe por dónde va ni adónde, ni quién le empuja, ni qué busca, ni cómo encontrar la palabra adecuada para nombrar lo que permanece en el silencio, porque a veces no bastan las palabras conocidas sino que es precisa también la habilidad de organizarlas de modo que digan lo que nunca antes habían dicho. [14] 

Una diferencia esencial entre el poeta que se aventura por lo desconocido y el que concibe la poesía o la literatura como manera de entretener, aunque ambos requieran de técnica para expresarse correctamente, es que el primero no sabe adónde va, mientras que el segundo sí lo sabe. Por ello el primero, el creador, puede descubrir alguna parcela de los sentimientos-pensamientos que desconocíamos antes de su aventura, innovar, articular un mundo.

Insisto: Julia Uceda concibe la poesía como forma de conocimiento de sí y, por analogía, de la condición humana, en la estela de la mayor parte de los poetas de la llamada generación del 50: José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Ángel González, José Manuel Caballero Bonald, Francisco Brines, Claudio Rodríguez… Aunque ella declarara no pertenecer a ninguna generación o, más exactamente, haber sido muy independiente de los círculos promocionales, se diría que eran ideas que estaban en el aire de la época, al menos para los que estaban al tanto de cómo se actualizaba la vanguardia de la tradición.  

A partir de los últimos versos citados comienza la que entiendo como segunda parte del poema, más impenetrable, al menos para mí. La pregunta con que se abre (“¿Por qué el abismo / entre sonido y pensamiento si este / es claro, y en el lugar del corazón / y la materia que es estableció su morada?”), creo que apunta a uno de los rasgos de la lengua según el lingüista Ferdinand de Saussure: la arbitrariedad del signo y el referente.

Luego sigue con unos herméticos versos que ni siquiera entiende bien el yo poético, hasta el punto que reconoce: “¿qué quiere decir esto?” Es como si en el cuerpo o en el alma de la autora aparecieran imágenes y palabras, y el yo poético procurara escucharlas y organizarlas con el fin de descifrar cierto sentido que se le escurre de los dedos: “Mientras espera, / oye la voz de Albert Camus, / muerto, / hace cincuenta años y sus palabras / dando vida a la vida que dejó de vivir”. ¿A qué se refiere? No lo sabemos a ciencia cierta. Tengo para mí que apunta de nuevo a la vida del lenguaje, que continúa, que puede continuar, más allá de la muerte de quien las enunciara. ¿De dónde vienen y a dónde van las palabras?


[1] Sobre este asunto puede leerse su testimonio: VV.AA., edición a cargo de Alejandro Duque Amusco, Cómo se hace un poema. El testimonio de 52 poetas, El Ciervo-Pretextos, Barcelona-Valencia, pp. 59-61. Y VV.AA, ed. Antonio Enrique, 70 menos uno. Antología emocional de poetas andaluces, Málaga: Unicaja-El toro celeste, 2016, pp. 33-36.

[2] Uceda, Julia, Hablando con un haya, reunido en Viejas voces extrañas. Antología poética (1959-2103), selección e introducción de Ignacio F. Garmendia, Junta de Andalucía, Sevilla, 2017, pp. 135-136.

[3] Heidegger, M., Carta sobre el Humanismo, trad. Helena Cortés y Arturo Leyte, Madrid, Alianza, 2001, p. 11.

[4] Wittgenstein, L., Tractatus Logico-Philosophicus, trad. Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera, Barcelona, Altaya, 1994, pp. 142-143.

[5] Taylor, Ch., Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna, trad. Ana Lizón, Barcelona, Paidós, 2006.

[6] Uceda, Julia, “Reflexiones de quien nunca perteneció a la generación del 50”, en VV.AA. Remedios Sánchez García y Manuel Gahete Jurado (coordinadores), La palabra silenciada. Voces de la mujer en la poesía española contemporánea (1950-2015), Valencia, Tirant Humanidades, 2017, p. 432.

[7] Castilla del Pino, C., Pretérito imperfecto. Autobiografía (1922-1949), Barcelona, Círculo de Lectores, 2007 y Casa del Olivo. Autobiografía (1949-2003), Barcelona, Círculo de Lectores, 2007.

[8] Uceda, Julia, Escritos en la corteza de los árboles, reunido en Viejas voces extrañas. Antología poética (1959-2103), selección e introducción de Ignacio F. Garmendia, Junta de Andalucía, Sevilla, 2017, p. 145.

[9] Zambrano, M., “Por qué se escribe”, Revista de Occidente, Madrid, 1934, nº 32, pp. 83-90.

[10] Gabilondo, A., “Yo hablaba a Juan… Ortega y el cuidado del decir”, reunido en VVAA, Ortega en pasado y en futuro. Medio siglo después, J. Lasaga, M. Márquez, J. M. Navarro y J. San Martín (eds.), Madrid, Biblioteca Nueva, 2007, pp. 253-273.

[11] Uceda, J., “¿Somos quienes quisimos ser?, reunido en VVAA, Julia Uceda. La mirada interior, ed. Jacobo Cortines, Sevilla, Junta de Andalucía-Consejería de Educación, 2017, p. 155.

[12] Uceda, J., “¿Somos quienes quisimos ser?, reunido en VVAA, Julia Uceda. La mirada interior, ed. Jacobo Cortines, Sevilla, Junta de Andalucía-Consejería de Educación, 2017, p. 155.

[13] Uceda, J., “¿Somos quienes quisimos ser?, reunido en VVAA, Julia Uceda. La mirada interior, ed. Jacobo Cortines, Sevilla, Junta de Andalucía-Consejería de Educación, 2017, p. 150.

[14] Uceda, J., “¿Somos quienes quisimos ser?, reunido en VVAA, Julia Uceda. La mirada interior, ed. Jacobo Cortines, Sevilla, Junta de Andalucía-Consejería de Educación, 2017, p. 150.

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